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Un paseo por la historia del carrer Consell de Cent

Si una calle merece ser reivindicada en los últimos años esa es Consell de Cent. Convertida en un privilegiado lugar de paseo gracias a su reciente peatonalización, esta intervención permite descubrir auténticas joyas antes escondidas por el humo de los coches. Recorrámoslas de principio a fin, es decir, de Llobregat a Besòs.

Son 5,2 kilómetros de calle, lo que la convierte en una de las más largas de la ciudad. 5,2 kilómetros que le permiten discurrir por diferentes barrios cada cual con su propia idiosincrasia. Consell de Cent es y ha sido desde siempre una de las principales arterias de la ciudad, y ahora lo es más aún para sus ciudadanos gracias a la peatonalización llevada a cabo en 2022 que puso en valor un patrimonio oculto entre la humareda de los coches que a diario atraviesan el Eixample de oeste a este.

¿De qué patrimonio hablamos? Es lo que nos disponemos a descubrir en esta ruta por lo largo y ancho de una calle ya convertida en todo un símbolo de la nueva Barcelona. Un paseo por más de 150 años de historia, con parada en el presente, pasado y futuro de una ciudad que no para de reinventarse incluso en lo clásico.

Consell de Cent: la abanderada del nuevo modelo de ciudad del s. XXI

Que una calle proyectada en pleno s. XIX, se convierta en símbolo de cómo debe ser una ciudad en el s. XXI merece su propio estudio. Sobre todo cuando, a pesar del notable éxito de su peatonalización y los premios internacionales de urbanismo recibidos por ello, sigue generando debate en una sociedad aún no acostumbrada a restar espacio al vehículo.

La peatonalización de Consell de Cent fue el proyecto estrella del Ayuntamiento de los Comuns (2015-2023). La cara más visible de un macroplan que no solo contemplaba la eliminación del tráfico rodado de una de las calles más transitadas de la ciudad, sino la creación de «ejes verdes» que permitieran que cada barrio de la ciudad contara con zonas ajardinadas y espacios de recreo a no menos de un kilómetro de distancia.

Así, en el periodo iniciado en 2019, se han creado más de 40 nuevas hectáreas de vegetación, que permiten que una de cada tres calles de Barcelona sea verde, pacificando entornos anteriormente degradados o ignorados.

El proyecto «Superilla» permitió que, además de Consell de Cent, se peatonalizaran otras calles del Eixample como Rocafort, Comte Borrell y Girona, el entorno del Mercat de Sant Antoni, el eje Glòries – Meridiana y calles de Sant Martí como Cristóbal de Moura, Almogàvers, Zamora, Puigcerdà y Bolívia.

Críticas a la peatonalización de Consell de Cent

La reducción del tráfico rodado en una zona clave para la movilidad por el centro de la ciudad, las quejas por las constantes obras que el proyecto Superilla requiere, comerciantes que sufren zanjas frente a sus establecimientos y una salvaje campaña de desprestigio o «lawfare» hacia la alcaldesa Ada Colau, han sido solo cuatro pilares de las numerosas críticas que, un proyecto diseñado para el disfrute de la ciudadanía y acorde a los valores ecológicos y sociológicos que demandan las ciudades del s. XXI, ha tenido que afrontar (con éxito).

Los sectores más críticos de la ciudad alegaban una «deformación» del proyecto de un barrio, l’Eixample, que es ejemplo de urbanismo a nivel mundial.

Si bien es cierto que el proyecto de Cerdá contemplaba la disposición de isla como máxima de ordenación de su barrio y que, por tanto, una distribución que integrara varias de éstas cuadrículas como eje supone una sustancial modificación, el Eixample planteado en el s.XIX llegó al s. XXI ya lo suficientemente deformado como para que estas modificaciones se consideren mínimas.

La primera gran modificación del Plan Cerdá vino a manos de la finalidad por la que hoy es objeto de crítica: el Eixample se concibió como espacio donde priorizar el espacio para el paseo y disfrute de sus (burgueses) vecinos.

Así, Cerdà planteaba anchas y arboladas aceras, con accesos a interiores ajardinados, donde lo de menos era el tráfico rodado, que por aquella época apenas se concebía para el paso de caballos ocupando la calzada lo justo para el ancho de dos carros.

La, ya por entonces, sed especulativa de los diferentes gobernadores, contratistas y constructoras, hicieron que el plan fuera recibiendo cada vez más y más modificaciones a favor de un mayor aprovechamiento del terreno para el ladrillo, como suponían las diferentes trampas a la hora de saltarse la norma de las «cuatro plantas» que dio forma a la curiosa distribución barcelonesa de añadir entresuelo, principal, ático y sobreático a la cuenta de alturas de un bloque.

La primera planta de un bloque del Eixample puede ser realmente la tercera debido a la normativa constructiva del Eixample, que prohibía superar las cuatro plantas de altura.

«Radiografía de un bloque del Eixample»
Distribución por plantas de una edificio del Eixample

La siguiente modificación de importancia llegó con la popularización del automóvil, que no solo supuso que la calzada, -originalmente pensada para el paso de caballos o de un único tranvía-, aumentara su ancho en detrimento del acerado, sino que también se dispusieran en torno a ésta zonas de aparcamiento y numerosos garajes en los interiores pensados como jardines.

«Els barrets de l’Eixample» (los sombreros del Eixample)

Pero la deformación definitiva, a la que pocas críticas se pudo hacer por producirse en plena dictadura, llegó con el que es considerado como el alcalde más nefasto de la ciudad: José María de Porcioles.

Muy amigo de sus amigos (si estos eran comisionistas), Porcioles no dudó en ofrecer suelo del Eixample al mejor postor, aunque ello supusiera llevarse por delante joyas modernistas (sonada fue la concesión a la promotora Núñez i Navarro para derribar la Casa Trinxet: nada más y nada menos que un Puig i Cadafalch que fue sustituido por un bloque de viviendas sin más); llenar los interiores de las islas del Eixample con talleres, fábricas, almacenes y todo tipo de usos comerciales; o dar permisos para las remuntas o, como se conocieron en la época, los «barrets» del Eixample.

Estos barrets no eran más que añadidos que se les hacía a las plantas superiores de los bloques del Eixample con el sentido de ofrecer viviendas a la clase media-alta barcelonesa en un espacio ya densificado y sin posibilidad de más construcciones.

Estas remuntas supusieron que numerosos edificios del distrito más poblado de la ciudad, deformaran su fisionomía con añadidos de dudoso gusto, sin más sentido que el funcional.

El paso de Porcioles por la alcaldía de Barcelona durante 16 oscuros años, y el avance del desarrollismo más salvaje, acabaron por deformar un Eixample otrora monumental durante décadas, hasta la llegada de la democracia y, con ella, de un urbanismo más centrado en el ciudadano que en los intereses puramente económicos y especulativos.

Por todas estas razones, la «criticada» peatonalización de Consell de Cent por ir en contra de los preceptos de Cerdá (que por otra parte fue salvajemente criticado en su época, por practicar un urbanismo en contra de los principios imperantes en su momento), carece de fundamento en el momento en el que el propio urbanista quiso priorizar el espacio para el ciudadano y el peatón por encima de cualquier otro, siendo las posteriores modificaciones quienes obviaron estos intereses.

Un paseo por Consell de Cent

Una vez hemos hecho un (amplio) recorrido por el contexto en el que se realiza tanto la peatonalización, como sus críticas, toca echar a andar y recorrer de Llobregat a Besòs la que es actualmente la principal arteria pacificada de todo el Eixample: Consell de Cent.

Tramo Hostafrancs

Resulta curioso que la que es una de las calles más emblemáticas del Eixample, no nazca en este distrito, sino en el de Sants.

Así, el nº 1 del carrer Consell de Cent lo encontramos en el barrio de Hostafrancs, bloque vecino de su popular mercado. En un pequeño tramo de esta gigantesca calle que discurre ajeno en la antigua villa, separado del resto del vial por obra y gracia del antiguo matadero municipal, hoy parc Joan Miró.

En estos apenas 420 metros no encontramos la magnificencia modernista que apreciaremos en la parte más céntrica de Consell de Cent, pero ello no quita que este exento tramo no cuente con su propia idiosincrasia y edificios reseñables, como es el caso de la Casa Miquel Bleach.

Construida en 1880, se trata de una edificación que ocupa el número 18 y en cuya primera planta encontramos numerosos elementos decorativos típicos del romanticismo al que se adscribe.

Así, la casa que perteneciera al pedagogo catalán, destaca por sus columnas clásicas y frontones, esgrafiados y los remates superiores, en los que encontramos la escultura de un santo y una virgen.

Pese a la humilde magnificencia de este primer ejemplo, el resto del tramo discurre entre viviendas clásicas, contemporáneas y pequeños tesoros que no lucen tan bien como los del Consell de Cent más céntrico por falta de atención de las administraciones a la hora de pasear por sus barrios.

Es el caso de los esgrafiados, mal conservados, del bloque cada vez más en ruinas que ocupa el número 55, donde torpemente podemos apreciar elementos como un barco, los escudos de Cataluña y Barcelona y diversas alegorías a las artes que, de estar en el cruce con Passeig de Gràcia, ya formarían parte del catálogo protegido.

Casas Francesc Vidal Galofré

Una vez atravesamos el Parc que sesga este tramo inicial de Consell de Cent, nos encontramos ya en la zona pacificada, en la cual en el chaflán con Entença podemos apreciar a ambos lados las casas Francesc Vidal Galofré.

Ambas construidas por el que fuera el arquitecto municipal de Mataró, Rafael de Sorrarain, la del lado mar, de 1904, se inscribe en un estilo plenamente modernista, mientras que la del lado montaña, -construida dos años antes-, se suscribe a un estilo más ecléctico como se aprecia en el uso de elementos góticos y renacentistas.

Casa Joaquim Comabella

Del mismo arquitecto guipuzcoano (Sorrarain), es el edificio también modernista del número 88 de Consell de Cent.

Lo más destacable de la Comabella son sus esgrafiados, que, junto a las balconadas, copan toda la decoración de la fachada.

Casas Miquel Costa

La prolífica carrera de Sorrarain como arquitecto modernista continuó en el tramo comprendido entre el 94 y 98 de Consell de Cent, donde se sitúan las casas Miquel Costa.

Aquí, el vasco centró sus esfuerzos decorativos en rellenos y esgrafiados que cubren toda la fachada de ambas casas, siendo la del número 94 decorada en todos rojizos, y la del 96-98 en tonos verdosos. En esta última podemos apreciar la salvajada de las remuntas propiciadas por Porciones, que obligó a eliminar el coronamiento que la hermanaba con su casa vecina.

Casas Pujol-Mora

Estas estrechas casas gemelas, encorsetadas entre dos edificios anodinos sin gusto estético, son obra del arquitecto modernista Jaume Sanhellí, que destacó en esta obra de 1908 por las arcadas de la planta baja y los remates de la superior, que enmarcan las formas modernistas del resto de sus fachadas simétricas, solo rotas por el uso en la casa de la derecha (la que ocupa el número 111) de estuco y cerámica en las dos primeras plantas.

Iglesia de Mare de Déu de la Medalla Miraculosa

Frente a las casas Pujol-Mora, en el 118 de Consell de Cent, nos encontramos con una pequeña iglesia de aspecto muy parroquial y humilde, cuya magnificencia la encontramos en su interior.

Construida en 1932, apenas alcanza su fachada la segunda planta del edificio vecino (de dudoso gusto), que decorada en estilo contemporáneo propio de la década de los 70 del pasado siglo (cuando fue reformada por última vez), oculta un llamativo lugar de oración en el que se mezclan estilos clásicos con la abstracción y el cubismo.

Casa Orsola

Tristemente famosa por ser un ejemplo de la ansia especulativa de los fondos buitres, la gentrificación y la crisis de la vivienda, las Casas Orsola son un conjunto de dos edificios modernistas levantados en 1909 en los terrenos que quedaban libres de la fábrica Orsola, Solà i Companyia.

La fábrica Orsola fue la más importante del estado español en el diseño y creación de mosaicos hidráulicos. Lo que significa que la gran mayoría de los edificios del Eixample y de otros tantos puntos del país, contaban con solería proveniente de la Orsola.

Más allá de sus magníficos esgrafiados y frescos de su interior, la Orsola saltó de los catálogos de arquitectura modernista a los titulares en 2021, cuando la propiedad la vendió al fondo buitre Lioness Inversiones SL, que no tardó en desvelar sus intenciones de desahuciar a sus inquilinos para hacer uso del edificio como alquiler vacacional.

La presión vecinal y la exposición mediática del caso, produjo que, ante los inminentes desahucios, el Ayuntamiento se viera obligado a la compra en febrero de 2025 del edificio, como consecuencia de las numerosas concentraciones y protestas que desde finales de enero paralizaron los sucesivos intentos de desalojo.

Hoy, la Orsola se erige por tanto como símbolo de la lucha vecinal por el derecho a la vivienda, y como resistencia al cáncer urbano que supone la intromisión de fondos especuladores en los barrios más céntricos de las grandes ciudades.

Espai Nur

Y de un ejemplo de especulación salvaje, al de recuperación de la historia y la idiosincrasia del barrio.

Resulta muy curioso como, justo enfrente de la Orsola nos encontramos con la antítesis: un espacio que tras el derribo del edificio que lo ocupaba, pasó a ser parte del barrio.

Es así como el espacio dejado en el chaflán entre Consell de Cent y Calábria, espacio por el que muchas inmobiliarias matarían, fue ocupado por los vecinos para hacer unos huertos improvisados, que coincidentes con las obras de peatonalización de la calle, encajaron dentro del proyecto.

De esta forma, en 2020 nacía el Espai Nur, que a imagen del creado un par de años antes en Creu Coberta, pasaba a ser un espacio autogestionado dependiente de las entidades del barrio.

Hoy es un fructífero huerto con más de 200 variedades cultivadas y más de 1000 plantas ornamentales en las que ya anidan aves como los mirlos y los picos de Coral.

Fábrica Lehmann

En la misma manzana que l’espai Nur, nos encontramos en el número 159 de Consell de Cent un edificio de planta única, que sin embargo esconde en su interior todo un ejemplo de reconversión.

Se trata de la fábrica Lehmann, que desde 1893 se encargaba de crear muñecas de porcelana y juguetes de hojalata desde este, por entonces, periférico rincón del Eixample.

Sus elementos más llamativos los encontramos en el interior d’illa, donde destaca la chimenea y el patio, en torno al cual se han dispuesto recientemente oficinas y negocios que han revitalizado el lugar.

Edifici Mediterrani

Poco o nada nos dice este edificio si no fuera ni por su año de construcción, ni por su autor.

El edifici Mediterrani (o edificio Mediterráneo castellanizado, tal como marca su placa y el letrero Calle Consejo de Ciento que nos da pistas sobre su etapa histórica de construcción) bien podría estar en un barrio periférico donde no destacaría más que por su azulejería verde brillante.

Sin embargo, lo que hace grande al edifici Mediterrani es que se construyó en los años 60, de manos de Antoni Bonet, un destacado miembro del grupo GATCPAC, que no dudó en imprimir el carácter puramente racionalista del grupo en esta creación.

Y como buena obra racionalista, el edifici Mediterrani prima la funcionalidad, integrando lo estético a los elementos que conforman la propia edificación. Apreciamos estos elementos en los pilares, de hormigón visto pero en formas triangulares, que permiten la creación de porches que amplían las aceras a la par que permite una fachada más ligera, con amplias aperturas en todas las estancias.

También en la decoración propia del racionalismo. Si el modernismo y el novecentismo acudía a trencadís, mosaicos y esculturas alegóricas, el racionalismo del edifici Mediterrani tira de artistas como Subirachs y Joan Vilacasas, conocidos por su abstracción y el uso de líneas rectas y geométricas en sus obras.

Vemos esta decoración en los cuatro vestíbulos del edifici Mediterrani, denominados como Rodas, Chipre, Creta e Ibiza.

El edifici Mediterrani, Consell de Cent y la ruptura del plan Cerdà
Antes del absurdo debate sobre si la peatonalización de Consell de Cent suponía romper con los preceptos de Cerdà, éstos ya habían sido «desafiados» en más ocasiones sin necesidad de un Porcioles y sus corruptelas.

Famosa es la historia de que la concepción de la distribución del Hospital de Sant Pau no solo tenía que ver con aprovechar las corrientes de aire para ventilar los pabellones, sino del expreso deseo de Domènech i Montaner de romper con la rutinaria distribución del Eixample que tanto odiaba.

Con menos desidia hacia el urbanista, Antoni Bonet también quiso con su obra reinterpretar las reglas del Eixample. Así, el edifici Mediterrani irrumpe dentro de su propia manzana con dos bloques que se anexan más que integrarse en la típica construcción en forma de isla.

La construcción sobre pilares vistos permite un mayor aprovechamiento del espacio del que la profundidad edificable de 28 metros (como era norma en el barrio) permitía, a la par que aumentaba el espacio público. Por otra parte, la distribución de los bloques enfrentados, crea un patio de acceso desde el propio exterior en forma de plaza en vez del tradicional chaflán.

Casa Josep Filella

Frente al Edifici Mediterrani encontramos otro de los edificios clásicos que definen este sector céntrico de Consell de Cent.

Se trata de la Casa Josep Filella, construida en estilo ecléctico por el arquitecto Pere Buqueras Rovira en 1901.

Además de por su simetría definitoria de los edificios estrechos entre medianas clásicos (que suelen usar su esbeltez para colocar un eje definitorio sobre el que reproducir a ambos lados la misma distribución), la Casa Josep Filella destaca por el uso de dos medallones en los que aparecen el busto del pintor Rafael, y el escritor de la Divina Comedia, Dante Alighieri.

Esta edificación tiene una hermana «melliza» en el chaflán de su misma manzana, donde la Casa Josep Filella, en el cruce con Urgell, se asoma imponente con las mismas líneas simétricas pero con un estilo más modernista, propio del arquitecto Maurici Augé Robert, aunque Buqueras Rovira dejaría su impronta en la barandilla que rodea la primera planta y la doble tribuna central.

Mural de los guerreros medievales

Barcelona tiene un riquísimo patrimonio en lo que a decoración de vestíbulos se refiere. Afamados son todos aquellos que escultores y ceramistas como Subirachs, Antoni Cumella, Eduald Serra o Pau Macià  realizaron para diversos edificios durante las décadas de los 60, 70 y 80 mayoritariamente, pero encontramos salpicados por el mapa urbano otros notables ejemplos como el caso que nos ocupa.

A la entrada del edificio que ocupa el número 204 de Consell de Cent encontramos el mural cerámico conocido como «guerreros medievales», en el que en estilo naïf se representa a una corte militar de la edad media.

Este curioso mural es obra de Jordi Aguadé, destacado ceramista y discípulo de Josep Llorens Artigas, quien trabajara en numerosas obras de Miró.

Casa Xina

La también denominada oficialmente como Casa Ferran Guardiola, resulta de las más llamativas del carrer Consell de Cent y de las que más ha ganado con la peatonalización de la vía.

Este edificio de 1929 bien merece su propio artículo. De estilo imposible de definir (algunos lo enmarcan en conjunto como un modernismo tardío, pero elementos decorativos concretos y la fecha de la construcción lo acercan al art-decó), la Casa Guardiola recibe acertadamente su sobrenombre debido a los acabados orientales repartidos por toda la fachada, fruto de los viajes al oriente de su creador, Joan Ferrer Guardiola.

Alumno aventajado de Gaudí, para su desgracia Guardiola se encontró en Barcelona con un público hastiado de su estilo, y que huía del ornamento y lo rococó apostando por las líneas sobrias del racionalismo. Eso hizo que, tal como le ocurriera en su momento a la Pedrera, la Casa Xina recibiera el menosprecio de la población burguesa, que evitaban alzar la mirada para apreciar tal «esperpento» entre el cruce de Muntaner con Consell de Cent.

Guardiola sí fue sin embargo profeta en su tierra, Valencia, donde construyó varios edificios en el que destaca la «Casa Judía«, de formas muy parecidas a la «Xina».

Hotel Axel

El nombre oficial del edificio, -y con el que fue concebido-, es Casa Marçal Ramonatxo, pero en pleno s.XXI a ningún barcelonés ni forastero se le ocurriría utilizar esta nomenclatura para el que es el epicentro del conocido como «Gayxample».

Pese a ello, el espíritu de la Marçal Ramonatxo va indiscutiblemente ligado a la historia del Axel: que en 2003 se usara todo un edificio modernista de elegantes formas para, directamente, dirigirse al público gay como target objetivo, supuso toda una revolución. Los gays ya no tenían que convivir en un «entorno de cuartos oscuros y armarios cerrados», tal como indica la propia historia del hotel Axel, sino en todo un elegante edificio modernista de 1895.

Proyectado por los maestros de obras Frederic Soler Caterineu y Carles Bosch Negre a finales del s.XIX, una centuria después se convirtió en el primer hotel gay del mundo, iniciando el propio «aburguesamiento» del colectivo. Lo LGTBIQ+ ya no era visto como una minoría a la que repudiar, sino una golosa cuota de mercado más.

Museo del Modernismo

En pleno epicentro de este estilo tan adoptado en Barcelona encontramos en museo dedicado al movimiento que Gaudí popularizó y Cadafalch dignificó.

Como no podía ser de otra forma, el museo se encuentra realmente en lo que son los bajos de un conjunto de edificios modernistas denominados como «Casas Bertrand», construidas por otro ilustre del movimiento: Enric Sagnier.

Sagnier (el más prolífico de los arquitectos modernistas con más de 300 con su firma), ideó para los promotores inmobiliarios Josep y Joan Bertrand Salas un bloque en el que cada edificio se encontraba dividido del otro por marcos en forma de arco que abarcan las cuatro plantas, con llamativos rellenos en estuco rojo y adornos florales.

Antes que museo (desde 2010), las Casas Bertrand albergaron los almacenes textiles de la Fabra i Coats. Desde aquí se distribuían las piezas que se fabricaban a unos kilómetros de aquí, en las chimeneas de Sant Andreu.

Mural de Miró

Que la ciudad de Barcelona está llena de arte público meritorio de estar expuesto en un museo es un hecho, y el carrer Consell de Cent no iba a ser menos…

A la altura del número 335 de Consell de Cent encontramos expuesto en la fachada un azulejo de autor muy reconocible en sus formas, en el lugar donde hasta 2005 se encontraba el restaurante Orotava.

Este restaurante, fundado en 1929, fue uno de esos lugares de Barcelona donde se reunían la bohemia y las elites artísticas, retomando la tradición de otros emblemáticos locales como Els Quatre Gats. Entre esos artistas se encontraba nada más y nada menos que Joan Miró.

Tal era la devoción que tenía Miró por este lugar que llegó a tener una gran amistad con el dueño del restaurante, quien casualmente era un apasionado del arte y, por ello, valoraba notablemente las visitas del pintor.

Como resultado de esta amistad, Miró, a sus 86 años, regaló al restaurante el azulejo que conmemora el 50º aniversario de su fundación, en 1979. Y como buena obra de arte que es, ahí permanece impasible, pese a que el restaurante que lo originó ya no exista.

Casa Lleó Morera

Sin desmerecer las obras de arte arquitectónicas del comienzo de este paseo y de otras tantas que plagan Consell de Cent, es en torno al paseo de Gràcia donde encontramos las más esplendorosas por una sencilla razón: eran en torno a esta vía donde, a finales del s.XIX y principios del XX, la burguesía más pujante de la época se afanaba por conseguir una codiciada parcela donde demostrar su ostentosidad y músculo económico a través de los mejores arquitectos y las mayores florituras en sus fachadas.

Es por ello por lo que a tocar de Consell de Cent con Passeig de Gràcia encontramos en este recorrido las joyas más brillantes. En este caso, el edificio que ocupa este epicentro no defrauda: se trata de la casa Lleó Morera.

Obra insigne de Domènech i Montaner, tiene el privilegio de ser el edificio ganador de la «testosterónica» competición que los arquitectos más insignes de la época llevaron a cabo por ver quién decoraba mejor las fachadas de los edificios que ocupaban la, llamada por ello, «Manzana de la Discordia».

La competición no era sencilla: Domènech i Montaner competía nada más y nada menos que contra la Casa Mulleras, de Enric Sagnier; la Casa Amatller, de Puig i Cadafalch, y por último, la Casa Batlló, de Antoni Gaudí. Todas ellas construidas entre 1898 y 1906 en el espacio ocupado entre el número 35 y 43 de passeig de Gràcia.

La Lleó Morera fue la única que ganó el galardón anual que otorgaba el Ayuntamiento al edificio más artístico de cada año, concretamente en la edición de 1906. Por esta razón, a ojos de la oficialidad, Domènech i Montaner es el real ganador de esta ficticia pugna.

Razones no faltan: la Lleó Morera es todo un exceso del modernismo en su punto más álgido. Cuenta con elementos de influencia clásica, gótica e islámica, decoración excelsa que se combinaban armónicamente con piezas de los mejores artesanos de la época: cerámicas y mosaicos de Lluís Bru, Mario Maragliano y Antoni Serra Fiter; escultura de Eusebi Arnau; decoración y mobiliario de Gaspar Homar; marquetería de Josep Pey y Joan Carreras; escultura y talla aplicada de Alfons Juyol y vitrales de la casa Rigalt.

Por desgracia, una vez llegaron los años 40 y, con ellos, la defenestración del modernismo en pro del novecentismo y racionalismo más sobrio, los bajos de la Lleó Morera sufrieron una inapropiada modificación que acabó con la decoración de Arnau en 1943, cuando la Casa Loewe los ocuparon.

La lujosa marca de moda española aún ocupa este privilegiado espacio desde entonces, y consciente del acto terrorista que perpetraron, en 1988 llevaron a cabo una nueva reforma que intentó, mediante la recuperación de los vitrales entre otras piezas, devolver el esplendor original de manos de Òscar Tusquets, Carles Bassó y Pere Valldepérez.

Como última curiosidad, el llamativo templete que culmina su chaflán, fue usado como nido de ametralladoras durante la Guerra Civil.

Edificio La Equitativa

Que Barcelona es una ciudad de contrastes es algo más que demostrado, y el paseo por Consell de Cent no iba a ser menos ejemplo de ello. Así, de la ostentosidad modernista de la Lleó Morera, nos trasladamos a la sobriedad racionalista de La Equitativa en solo una acera de distancia.

La Equitativa es una aseguradora que tuvo su primera sede barcelonesa en la Vía Laietana, pero al comenzar los años 50, la trasladó a este potente escaparate de negocios que resultaba ya por entonces el Passeig de Gràcia.

Como mandaban los cánones estéticos de la época, el edificio destaca por sus líneas sobrias pero muy marcadas, y que allí donde antes había ricos rellenos de esgrafiados y relieves, aquí solo está presente la piedra artificial lisa, con la única concesión estilística al escudo y las letras exentas de la aseguradora como remate de su cuadriculado frontón.

El artífice de esta, -rupturista con su entorno-, obra no es otro que el tarragoní Francesc Joan Barba Corsini, cuyos apellidos pueden que no nos digan nada pero sí sus otras obras, como el innovador en distribución edificio Mitre, o totalmente alejado del tedio racionalista, toda la urbanización menorquina de Binibeca, hoy fuente de numerosas fotos instagrameables para desgracia de sus vecinos.

[Artículo en construcción]

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