BeCiNadas surgió sin la pretensión de ser una guía turística: la idea era mostrar a los propios barceloneses la historia de su ciudad más allá del filtro turístico, con la cercanía con la que se cuenta un relato de barrio sin la obligación de que en él se mencione a Gaudí para atraer la atención.
Es por esta razón por la que, después de más de 100 artículos, el vacío que en el mapa se ve en barrios como el Bon Pastor, Porta o Ciutat Meridiana, debe ser justificados y lo que resulta mejor, reparados.
Por ello este artículo va dedicado al extremo de Barcelona, tanto geográfico como de visibilidad. A un barrio que se reclama por dentro y se reniega por fuera. No es un artículo escrito forzadamente para intentar hacer atractivo lo que no resulta, sino para dignificarlo y reivindicar que cada rincón es una historia aunque no se vista ésta de modernismo.
Donde la ciudad cambia de nombre… y de identidad
“Donde la ciudad cambia su nombre” es la novela más reconocida de Paco Candel, cuyo centenario se celebró en 1925. Candel destacó como uno de los mejores cronistas de la Barcelona del desarrollismo, y aunque dedica su obra al barrio de La Marina, con permiso de este barrio y del autor, lo atribuimos a Ciutat Meridiana no por apropiacionismo, si no por cierto…

Ciutat Meridiana, como lo hace La Marina de Candel, bien podría protagonizar el libro. Las Casas Baratas de Eduard Aunòs o la Colonia Basili, fueron construidas en las mismas circunstancias y con similares manos que las de Ciutat Meridiana, sin una SEAT pero sí con una cementera, cambiando el polígono de la Zona Franca por el del Besòs… Ambos barrios periféricos maltratados por un desarrollismo salvaje, en el que las administraciones franquistas no intervenían más que para proporcionar suelo y hacer negocio con las constructoras.
Y tan cierto es que al llegar a Ciutat Meridiana la ciudad cambia de nombre como que el de Barcelona no se deja ver hasta unos kilómetros más abajo, donde la avenida homónima comienza a configurarse y la torre Glòries a vislumbrarse en el paisaje. No es hasta este punto en el que las letras mayúsculas de “BARCELONA” se dibujan en las medianeras, como si lo situado antes de este hito fronterizo moderno no fuera de la ciudad o no existiera de cara a ella.
Lo mismo sucede con el tren: mientras hay estaciones reivindicadas por la ciudad, con ésta como apellido, las de Ciutat Meridiana y Torre Baró aparecen huérfanas. Mientras te puedes bajar en un Sant Andreu – Barcelona, aquí lo haces en la nada: no estás en Montcada… pero tampoco en Barcelona, así por lo menos te lo indican sus letreros.
Por eso aquí tal como bien apuntaba el bueno de Candel… la ciudad ciertamente cambia de nombre, porque esto no es la Barcelona de los 12 millones de turistas.
El barrio que vivió a espaldas de Barcelona
Existe una manida frase paras definir la Barcelona preolímpica, y no es otra que la que la ciudad, antes de su cita con los Juegos Olímpicos, vivía de espaldas al mar… pero es que si Barcelona no miraba a su Mediterráneo como debía más allá de los chiringuitos de la Barceloneta, a los barrios del noreste directamente les enseñaba el culo.
Es Ciutat Meridiana el barrio con menor renta per cápita de Barcelona, con una media que a duras penas alcanza los 10.000 por habitante. Aquí se asentaron en los años 60 gran parte de las corrientes migratorias del sur, allí donde había que construir un cementerio pero que, la humedad proveniente del Collserola, evitaba al no ser adecuada para enterramientos.
Este hecho dice mucho del carácter con el que se ha tenido que forjar Ciutat Meridiana: lo que no era adecuado para los muertos, sí lo era para los migrantes del sur. Y es así como con el beneplácito de la nefasta alcaldía de Porcioles, una promotora inmobiliaria a la que pertenecía Joan Antoni Samaranch se puso a construir torres sin planificar, calles sin asfaltar, alcantarillas por cavar… Lo que importaba no era dar donde vivir, sino arrinconar a quienes trabajaban por la prosperidad de la ciudad.
Tal era la desidia con la que se trataba a estos lugares, que los vecinos llegaron a organizar en 1971 un concurso de caza de ratas como denuncia irónica del estado de salubridad de sus calles.
Llegados los primeros ayuntamientos democráticos, la cosa mejoró levemente gracias a inversiones en equipamientos municipales básicos, como el CAP, el centro cívico Zona Nord, y la llegada del transporte público, culminándose con la parada de metro de la línea 11 en 2003.
¿Significa que Ciutat Meridiana ya era un barrio de pleno de la Barcelona del s.XXI? El apodo de Villa Desahucio que recibió a partir de la crisis de 2008 sirve como la respuesta más contundente posible. Así, Ciutat Meridiana, aunque cuenta con escaleras mecánicas y con un metro que la conecta con “la metrópoli”, sigue luchando no ya por reconocimiento, sino por el impulso definitivo que la desarrincone. Un cartel de “bienvenidos a Barcelona”, mirando hacia el vecino y no hacia el turista, ayudaría.
El patrimonio de Ciutat Meridiana
Con esta presentación, sería absurdo indicar otra cosa que no sea el de la lucha vecinal como patrimonio más auténtico de este barrio. Aquí un “qué ver en Ciutat Meridiana” carecería de sentido porque no se pretende hacer atractivo, ni menos gentrificar ni dulcificar lo que allí se encuentra (a pesar de que ya se ven pisos a 200.000 euros por la zona).
¿Es Ciutat Meridiana fea? La han hecho fea, la han construido fea, pero tal como sucede con los barrios que no se abandonan, el tiempo la está tratando mejor y, aunque a cuentagotas, la inversión que en ella se hace gracias a los planes de barrio, le van quitando los complejos para que pueda lucir más a los pies del Collserola que a los pies de la C-33.
Església de Sant Bernat de Claravall
Lo primero la iglesia y el resto ya vendrá, Este mantra medieval que tan bien sirvió para la prosperidad de los ahora barrios de Sant Martí, Gràcia o Sant Andreu, aquí se aplicó siglos después y bajo vigilancia franquista.
Es por ello por lo que uno de los “vestigios” de la primera Ciutat Meridiana (hablamos de un barrio “joven”, que no es centenario como los del resto del plano), es su iglesia parroquial.
¿Construyeron aquí una iglesia digna de peregrinación? La primigenia iglesia de Sant Bernat, de 1966, no era más que un barracón creado para satisfacer minimamente las necesidades místicas de una población, la sureña, muy aferrada a sus creencias religiosas. CAP no les daría Porcioles, pero un sitio donde rezar acorde al régimen sí.
La dignificación del lugar no llegó hasta 1973, donde el hormigón dio paso a una iglesia más firme, esbelta, de la que destaca una cruz parabólica en estilo contemporáneo, pero con la chapa por tejado para recordar que aquí no se viene a recrearse con la vista, sino a rezar.
Biblioteca Zona Nord
En toda familia pobre, cuando se le da algo para ricos, se comparte entre todos los miembros. Y en un barrio acostumbrado desde su surgimiento, a las migajas de la ciudad, a que los equipamientos básicos le lleguen tarde, una biblioteca pública es un lujo.
De ahí a que la de Ciutat Meridiana no lleva su nombre, sino el de la zona con la que se denomina a la suma de este barrio con el de Vallbona y Torre Baró, y que estratégicamente, como el Centro Cívico homónimo, se sitúe en el centro de los tres núcleos.
No obstante hay que agradecer que, en vez de aprovechar un equipamiento desdibujado, se decidiera un edificio de nueva construcción para la biblioteca, con cierto gusto arquitectónico integrando la fuerte pendiente de la zona para que forme parte del conjunto.
Inaugurada en 2009, aquí la uralita y los techos de chapa dieron paso al acero inoxidable y las cubiertas vegetales, convirtiéndose en un símbolo de la progresión del barrio.
Centre Cívic Zona Nord
Muy cercano a la biblioteca y, por las mismas razones logísticas, trabajando mano a mano con los casales de Torre Baró y Vallbona, el Centre Cívic Zona Nord supone la culminación de la llegada de los servicios básicos ciudadanos al barrio, ya en 1987 y aprovechando las instalaciones de los antiguos cines Palace.
De ahí a que la joya de la instalación sea el Teatre Zona Nord, donde desde 1991 se situa el epicentro de la creación cultural de Ciutat Meridiana.
Edifici Eucaliptus A
La vivienda en esta zona de la ciudad se ha ido desarrollando con un modelo de copia-pega donde lo importante no era la estética, sino la reproducción en serie y en masa para dar techo a quienes allí se encuentran.
Por ello, si la llegada de la biblioteca en 2009 ya fue toda una victoria, que se construyera aquí vivienda con cierta pretensión de mejorar el paisaje es otra de las victorias de Ciutat Meridiana que se le reservó en 2012.
Una victoria por otra parte silenciosa, conseguida por quien realmente buscaba el empate, simplemente no perder. Así el edifici Eucaliptus A no es llamativo, no invita a la peregrinación de los buscadores de Calatrava, pero si lleva firma de autor, el arquitecto Josep Miàs Gifré (MIAS Architects), y una elegancia en sus formas que recuerda a la casa danzante de Frank Gehry si esta se hubiese vestido de luto.
La referencia no es del todo lejana, ya que Gifré quiso homenajear con este edificio, el fallido rascacielos que el autor del Guggenheim proyectó para la Sagrera: “la núvia”
La Plaça Roja
La plaza roja de Ciutat Meridiana no se parece, ni remotamente, a la de Moscú, pero destinada a convertirse en la plaza mayor del barrio, muestra el taranná de este desde su nombre, puesto por sus propios vecinos.
Antes de su urbanización en los años 80, esta ahora plaza no era más que un descampado que la configuración de los edificios de alrededor habían dejado libre. Y dentro de una trama densa y asfixiante como la de los barrios del desarrollismo, el espacio sin edificar se veia como un tesoro al que cuidar.
Por ello, la plaza Roja de Ciutat Meridiana se convirtió rápidamente en el epicentro de festas majores, reuniones y también manifestaciones, tomando precisamente su denominación no por el tono rojizo de su suelo (asfaltado posteriormente en este color) sino por congregar allí a los miembros del PSUC, es decir, a los rojos.
Y aunque a este lugar no llegaba un autobús 47, sí los hacía “el chupa chups”: el primer autobús del barrio que, aunque no conectaba con “Barcelona”, sí salvaba las empinadas cuestas de Ciutat Meridiana y conectaba sus puntos más estratégicos, como el mercado o el CAP.
La denominación de “Chupa Chups” vino de su precio, que al ser de corto recorrido no costaba las 4 pesetas de cualquier otra línea, sino una peseta, como el popular caramelo.
Hoy en día sigue siendo el epicentro del barrio, y vamos encontrando cada vez más elementos que la acercan a una plaza referente del paisaje urbano, como los murales que en ella se realizaron en 2019 por la pareja especializada en arte urbano Twee Muizen y en el que se representa al feminismo reivindicativo tan propio de este barrio.
Acueducto de Ciutat Meridiana
Dejamos para casi al final parte del patrimonio de Ciutat Meridiana que bien merece pertenecer al catálogo de bienes de la ciudad.
Pese a su aspecto monumental, no se trata de un acueducto de época romana, sino ya de plena industrialización, cuando la compañía de aguas decidió construirlo para canalizar las aguas provenientes del Vallès, en 1861.
No obstante su presencia por estos lugares ha servido para crear instalaciones que dignifican la zona con esta excusa, como el parc del Aqüeducte, de 2022, que aprovecha los terrenos de un antiguo campo de fútbol ampliamente degradado para convertirlo en espacio de encuentro.
Hasta este lugar se traslada de forma estable actividades por la Mercè cada año, acercándola al barrio más septentrional y aislado de la ciudad.
El Rec Comtal
Tal como testimonia el acueducto, la bajada de las aguas del Collserola fueron un importante motor de la zona siglos atrás. De ahí a que sea lógico que de aquí partiera el emblemático rec comtal que tanto bien hizo por la industrialización de Sant Andreu y Sant Martí.
El Rec Comtal partía de Montcada y bajaba hasta el Born en un trazado de aproximadamente 14 kilómetros creado ya hace más de 1000 años para mover las ruedas de los molinos harineros.
Con el paso de los años, al ser una acequia al aire libre, sus usos se han ido adaptando a otras necesidades como la de las industrias textiles del s. XIX.
Desde mediados del s.XX, se encuentra en su gran mayoría soterrado, sirviendo su trazado como recaptador de aguas freáticas, quedando únicamente al descubierto un kilómetro de recorrido entre Can Sant Joan (Montcada i Reixac) y Vallbona, que si bien no es Ciutat Meridiana, es su hermana pequeña.
La Ponderosa
No nos movemos de la vecina Vallbona para maravillarnos con el único huerto primigenio que queda en toda Barcelona.
La Ponderosa no se trata de un huerto urbano, ya que no ha sido creado para satisfacer las necesidades rurales de los urbanitas, sino una explotación agrícola auténtica vigente desde el s. X, protegida desde 2019 para que así siga siéndolo.
6,4 hectáreas condenadas a convertirse en suelo urbano pero que, la presión vecinal y la voluntad de un consistorio alejado de la especulación urbanística, consiguió el efecto contrario: declarar un suelo urbanizable en suelo agrario para su total protección. Un nuevo hito para las conquistas vecinales.
Torre Baró
Y el más épico de los últimos tiempos convertido en icono cinematográfico es el que se llevó a cabo en el hermano menor de Ciutat Meridiana: Torre Baró.
Más allá de la consabida historia del autobús 47 gracias a la magia del cine, Torre Baró ha seguido una evolución similar (por no decir calcada) a la de Ciutat Meridiana, con la única diferencia que, mientras que en Ciutat Meridiana se plantaban bloques de numerosas plantas, en Torre Baró se hacían las casas los propios vecinos.
Torre Baró surgió ya abandonado por las administraciones. Por ello, no es de extrañar que su mayor referente, la torre que le da nombre, permanezca de la misma manera desde poco después de su construcción en 1905, cuando pretendía crearse aquí una urbanización tipo ciudad-jardín.
Lo que no conquistaron los nobles, lo hicieron los migrantes del sur, que en los años 60 vieron en torno a esta montaña, un espacio donde recrear sus casas sureñas y hacer de estas empinadas cuestas, un lugar de comunidad.

Tal como hemos ido relatando sobre Ciutat Meridiana, durante los años del desarrollismo, coincidentes al 100% con los de la dictadura franquista, la zona estuvo lanzada a su suerte sin ningún tipo de apoyo de las administraciones. Un olvido del que, si no fuera por la lucha vecinal, no hubiesen salido al considerarse la Zona Nord, otra Barcelona.
El 47, que narra el secuestro del autobús ya en 1978 en plena Transición, es fiel en situaciones que se repitieron también bien entrada la Democracia, como no son otras que las de considerar a sus vecinos «de segunda» aunque compartan padrón.
También como en Ciutat Meridiana, no fue hasta finales de los 80 cuando comenzaron las inversiones no destinadas únicamente a restituir y dar lo básico a sus habitantes, sino a dignificarlos, a dotarlos de elementos que les otorguen personalidad propia, como el mirador de Torre Baró que, aprovechando la restauración de la propia torre, se creó en 1989 para aprovechar las excelentes vistas de la zona.
Este mirador se convirtió en icónico para una generación, que lo disfrutó en la gran pantalla de manos de Mario Casas y María Valverde en la película «A tres metros bajo el cielo«.

