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Curiosidades de las plazas de Barcelona

Plaza de Urquinaona: el olvidado cruce en plena Barcelona monumental

La plaza de Urquinaona es uno de esos lugares de Barcelona emblemáticos que tienen de todo para ser monumentales, pero que su configuración y uso, han dejado en un inmerecido segundo plano. ¿Qué podemos reivindicar de Plaza Urquinaona?

¿Es plaza de Urquinaona fea? no. ¿Es plaza de Urquinaona bonita? Tampoco… Este céntrico lugar donde el Eixample roza a Ciutat Vella es de esos cruces de Barcelona que se han ido configurando de una forma tan desordenada, que su resultado es un pastiche de lugares que, por sí solos, serían monumentales, pero que, como juntar la pizza con piña, en conjunto no suman tanto como de ellos se esperaría… ¿Qué es lo que hace tan especial a la plaza de Urquinaona a la par que pasa tan desapercibida entre la ciudadanía?

Plaza de Urquinaona: cuando el urbanismo nace fruto de la casualidad

El hándicap de plaza de Urquinaona como el embrollo que a día de hoy es, ya surgió desde sus tempranos comienzos, en cuanto esta plaza nunca fue proyectada. Al igual que ocurrió con plaza de Cataluña (otra de las plazas «complicadas» de mirar de la ciudad), la plaza de Urquinaona se configuró casi por sí sola, por las necesidades de una ciudadanía que no miraba planos a la hora de construir.

El bueno de Cerdà tenía planteado para este rincón otra más de sus cuadrículas, que debía brotar del terreno liberado tras el derribo de los baluartes de San Pedro y Jonqueres. El paso de la Ronda de Sant Pere era el único trazado validado para la zona, pero tras las demoliciones, rápidamente y anticipando lo que pasaría con la plaza Cataluña años después, fue ocupado por los barceloneses que, sin el corsé de las murallas, veían como cada vez iban ganando más lugares de encuentro.

Es así como en 1857 se oficializa este espacio como plaza. Y como a Víctor Balaguer nadie le dijo que allí iba una plaza, su nombre quedó a manos también de la propia ciudadanía, que, en un alarde de originalidad, no se le ocurrió otro que el de la plaza Nova de Jonqueres: nova porque efectivamente allí no había otra cosa, y de Jonqueres en recuerdo al antiguo monasterio que lindaba con este rincón.

Plaza Urquinaona en 1905. Fuente: Jesús Fraiz Ordóñez para labarcelonadeantes.com

Una vez se fue desechando que Glòries, por mucho que Cerdà se empeñara, no sería el espacio central que el urbanista pretendía, la plaza Nova de Jonqueres ganaba más y más protagonismo al haberse convertido en el cruce que unía la ronda Sant Pere con la densa Ciutat Vella y el primigenio Eixample que pretendía desatascarla.

Ese protagonismo requería que el Ayuntamiento retomara sus obligaciones con la plaza y la oficializara en su nomenclátor como primer paso, para urbanizarla en condiciones posteriormente. De esta forma, el consistorio en manos de Rius i Taulet finalmente la bautizó en 1883 con el nombre de plaza del Obispo de Urquinaona, en honor a José María de Urquinaona Bidot: obispo de Barcelona entre 1878 y 1883.

Nacía así uno de los puntos neurálgicos, una de las plazas más vivas de la ciudad, que aún a día de hoy es de las más transitadas (aunque nadie se pare a observarla).

Historia de plaza de Urquinaona: de la masificación a la degradación pasando por un mercado moderno de esclavos

Incluida ya como un espacio más del Eixample, la plaza de Urquinaona siguió el modelo del nuevo barrio, rellenando sus huecos poco a poco de edificios que iban configurándose a medida que se construían siguiendo el estilo ponderante de cada época.

Así, encontramos edificios como la casa Antoni Batllé (la del Burger King), construida en estilo ecléctico en 1881, o la casa Miguel Rodó, dejando la impronta del modernismo en este rincón en el 1908.

Plaza Urquinaona en 1928. Fuente: Jesús Fraiz Ordóñez para labarcelonadeantes.com

La coronación de la plaza Urquinaona

Pero lo que convirtió a plaza de Urquinaona en un espacio destacado dentro del nuevo barrio fue la llegada de la Font del Noi dels Càntirs. ¿Qué es de una plaza si no tiene su fuente y escultura? Fruto del concurso municipal de ornamentación del Eixample, se trata de una obra de Josep Campeny, que siguiendo los principios del arte anecdótico, representa a un joven bebiendo de un pesado cántaro mientas a sus pies descansa uno vacío.

Colocada sobre un templete de piedra de Montjuïc y relieves modernistas, la font del Noi dels Càntirs tiene dos hermanos del mismo autor y del mismo concurso: la font de la Granota, en el cruce de Còrsega con Diagonal, y la Font d’en Trinxa, en la esquina de la Ronda de la Universitat con Pelai.

Que la colocación de esta fuente supusiera la consagración de Urquinaona como plaza pública se debe no solo a lo emblemático de estos elementos como configuradores de espacios públicos y de encuentro, sino también como reconocimiento, en un concurso destinado a aliviar la densidad de edificios del Eixample, de que este rincón también correspondía al nuevo modelo de ciudad que se estaba creando.

El Gran Metro y dos tranvías como prólogo de su congestión

Que hoy nos cueste apreciar Urquinaona como la plaza monumental que es se debe a que la cruza la ronda Sant Pere en diagonal y es la intersección de nada más y nada menos que 7 céntricas calles, a lo que sumar las paradas de una decena de autobuses y estación de metro para la L1 y L3.

Tanto bullicio y la altura y densidad de unos plataneros que si bien el verde alegra, también ensucia, hacen difícil que alguien quiera parar a sentarse junto al niño del cántaro y apreciar el primer rascacielos de la ciudad, con su elegante aire racionalista.

Pero esta asignación de plaza de Urquinaona como cruce de caminos no es moderna: ya desde sus primeros años se concibió así, contando con dos tranvías que la atravesaban (y cuyo armario de herramientas, aún se conserva) y siendo una de las cuatro paradas del brazo del Gran Metro que se extendía por una recién inaugurada Vía Laietana.

Esta circunstancia otorgó a Plaza de Urquinaona dos elementos característicos más: un templete modernista como boca de metro, y junto al de Lesseps, el primer ascensor subterráneo.

Del segundo de los hitos ya estamos más que acostumbrados, pero fue toda una innovación en una década de los 20 en el que los elevadores recién iban llegando a los edificios. Sin embargo, del primero solo nos queda el recuerdo gracias al alcalde más nefasto que ha tenido la ciudad, Porcioles, que en 1972 permitió su demolición.

Fuente: Archivo Histórico TMB

Unos baños públicos como elemento de distinción y modernidad

En la década de los años 20 la plaza de Urquinaona ya era un hervidero de barceloneses que tanto iban hacia el puerto, como hacia la montaña, hacia el Besòs y hacia el Llobregat. Plaza Cataluña aún estaba en plena transformación y no había un Corte Inglés mastodóntico que sirviera de eje central. Menos aún existía la tercera planta de estos grandes almacenes que sirviera de aliviadero para las necesidades más básicas del ser humano.

Todo ello hacía que la instalación de unos baños públicos no solo se convirtiera en algo primario, sino en todo un acontecimiento. ¿En serio un aseo era algo que destacar en la historia de plaza de Urquinaona? Estamos en los felices años veinte, con un modernismo aún patente y con una burguesía aún dispuesta a seguir demostrando su poderío en los detalles más ridículos. Por ello, los baños públicos de Urquinaona no eran unos simples WC.

Gestionados por los Servicios Municipales de Higiene y a la Unidad Operativa de Aguas Potables, en una época en lo que los servicios públicos estaban en apogeo, los baños de Urquinaona supusieron una revolución en cuanto sustituían a las vespasianas, que solo resultaban útiles para los hombres.

¿Y cómo eran unos baños modernistas? Pues comenzando por una entrada a la altura del estilo arquitectónico, seguido por una decoración en su interior donde el mobiliario era digno de cualquiera de las elegantes casas del Eixample y equipado con urinarios, duchas, baños, lavabos y lavamanos. Toda una oda a la higiene en una época donde toda educación al respecto resultaba poca.

Los servicios públicos de plaza de Urquinaona estuvieron en activo durante décadas, siendo necesaria una rehabilitación y puesta a punto en 1986. Puesta a punto que no pudo arreglar un problema endémico de la década de los 80: en unos años en los que el SIDA y la drogadicción por desgracia, campaban a sus anchas, estos espacios recónditos se convirtieron en los favoritos de yonkis y chaperos.

Esta vez no fue un alcalde inepto ni la piqueta de la especulación la que acabó con elementos «curioso» de la ciudad, sino una lacra en unos años en los que la mejor solución parecía la de mirar a otro lado… Es así como en 1997, los baños públicos de Urquinaona pasaron a ser el recuerdo en el que los aseos también se consideraban patrimonio.

Fuente de las tres imágenes: Jesús Fraiz Ordóñez para labarcelonadeantes.com

Esclavitud indiana en tiempos del desarrollismo

A mediados de los años 60, plaza de Urquinaona ya tenía más que ganada su posición como centro neurálgico. Un espacio lleno de vida que aún no se sentía a la sombra de Plaza Cataluña.

Allí brotaban comercios de todo tipo en el que los barceloneses podían ocupar sus tardes, y si se cerraba una oficina de correos, lo hacía para abrir un teatro, sin que los Starbucks y las cadenas de comida rápida se apropiaran del terreno.

Pero ese ir y venir era mayoritariamente vespertino… Las mañanas eran bien distintas a partir de la segunda mitad del s.XX, cuando Urquinaona dejaba de ser un hervidero para convertirse nada más y nada menos que en un moderno mercado de esclavos.

Era en este punto y no otro, en el que se daban encuentro los obreros y desempleados de la ciudad para «exponerse» al patrón o capataz de obra que construía la «nueva Barcelona»: aquella que crecía más allá del Eixample y que dio forma a los barrios del desarrollismo.

Placa explicativa en Plaza de Urquinaona. Fuente: Ajuntament de Barcelona

Nou Barris, Bellvitge, La Mina y gran parte del conurbano barceloní se construyó en base a la precariedad que desde Urquinaona se exponía con los primeros rayos del sol, donde se reproducían imágenes que décadas antes, se podían apreciar en los puertos indianos.

A Urquinaona se desplazaban los barraquistas de Montjuïc, del Somorrostro, de Can Peguera y el Bon Pastor, y allí se ensarzaban y competían por un puñado de trabajos precarios sin contrato y con baja remuneración. Eran muy frecuente las trifulcas mañaneras que hacían que el barceloní ajeno a esa precariedad, evitara a toda costa este punto.

Por si tener que pelear por un puesto de trabajo en condiciones infrahumanas no fuera lo suficientemente indigno, los patrones subían la apuesta de la desvergüenza y crueldad decidiendo en muchas ocasiones cual era el mejor candidato según inspecciones físicas, acudiendo a la cinematográfica escena de desnudar y examinar incluso las cavidades bucales para apreciar la salubridad del obrero a través de su estado físico y dentadura.

Un infame recuerdo del que, para que desmemoriados o incluso nostálgicos de otros tiempos, no se olviden de lo que allí pasaba y de quienes construyeron parte de la ciudad que hoy tenemos, se quiso plasmar la historia en una placa que desde octubre de 2021 así lo explica.

Qué ver en Plaza de Urquinaona

¿Y qué nos queda hoy de la plaza de Urquinaona rebosante de vida que fue en la primera mitad del s.XX? Pese a que la segunda mitad no la tratara especialmente bien, de ésta época es el que probablemente sea el elemento más icónico de la plaza, para alegría y para descontento de la población, que no toda ve con buenos ojos, 50 años después, su imponente presencia en pleno casco antiguo de la ciudad.

Torre Urquinaona

Se trata de la Torre Urquinaona. Probablemente el único elemento de la plaza que es imposible que nos pase desapercibido.

A la Torre Urquinaona siempre se le ha tratado como el elefante dentro de la cacharrería no solo de la plaza, sino de todo el centro barcelonés. Solo la torre Colón puede competir en descontextualización arquitectónica (por ser correctos) y agresión paisajística.

Este debate no es para menos… la Torre Urquinaona tiene el dudoso honor de ser el edificio que más desafiante se mostró a la regulación de altura que proponía el Eixample. De las cuatro plantas que planteó Cerdà como límite, aquí Antoni Bonet Castellana proyectó nada más y nada menos que 22. Un pilón de 70 metros de altura en plena cuadrícula perfecta.

Y este es el pecado por el que se condenó a la Torre Urquinaona: no importaban sus elaborados vértices racionalistas, no importaban sus acabados que, a pesar de ser oscuros, brillaban gracias al gres y las aperturas acristaladas, ni que fuera obra de uno de los más reputados arquitectos del GATCPAC… Aquello era otra de las aberraciones que Porcioles permitió con descaro para poder llenar sus bolsillos y el de sus amiguetes a través de la especulación inmobiliaria.

Torre Urquinaona solo fue posible gracias al amparo de una curiosa ley: la de edificios singulares, que permitía que éstos se construyeran saltándose la normativa y el consenso urbanístico, si sus usos y «singularidad», justificaban su existencia.

Bajo esta ley crecieron como bolets, acompañando a los no menos deslegitimables barrets de l’Eixample, edificios como la mencionada Torre Colón o el Edificio Atalaya. Todos ellos con la peculiaridad (o singularidad, como diría Porcioles) de destacar sobremanera en altura conforme a su entorno.

Edifici Fábregas

Si la Torre Urquinaona es el hermano feo y bruto como él solo, el Edifici Fábregas es el deportista y estilizado hermano mayor.

Construido 3 décadas antes, sus 15 plantas lo convirtieron en el primer rascacielos de la ciudad pero, a diferencia de Torre Urquinaona, donde el edificio de Bonet grita, el de los también racionalistas Luís Gutiérrez Soto y Carles Martínez Sánchez, dialoga, buscando discreción desde la esquina con el carrer Jonqueres gracias a las redondeadas formas que le sirvieron para ser apodado como el edificio trasatlántico.

En pie desde 1940, el edificio Fábregas se convirtió en el modelo a seguir para el imperante estilo racionalista que iba tomando fuerza en estas décadas, incluso a día de hoy, haciendo válido aquello del «menos es más» que, Porcioles aparte, tan bien supimos aplicar en la arquitectura barcelonesa del s.XX.

Casa Joaquim Masana

Y vamos con el que podría ser el padre de ambos edificios: La Casa Joaquim Masanas. Promovida por quien le da nombre, se trata de una de las precursoras en el estilo racionalista barcelonés, como se aprecia en sus 9 plantas donde la decoración no es otra que la de los propios materiales y la del juego de formas geométricas siempre a través de la línea recta.

Es por esta configuración de su fachada por la que se aprecia tanto dentro del movimiento arquitectónico barcelonés que tomaba relevo al exceso del modernismo por culpa de la precariedad, ya que los principios del racionalismo se basaban en crear estética a través de los recursos disponibles, sin acudir a lo accesorio.

Teatre Borràs

Es el edificio que, desde 1931, sustituye a la antigua casa de correos a la que hacíamos referencia anteriormente.

Fue ese año en el que el empresario Josep Solà Guardiola, levantó el Cine Urquinaona. Nombre con el que se le conoció a este espacio hasta 1937, momento en el que se pasó a llamar Cine Francesc Ferrer, propiciado por el cambio de nombre de la plaza por el del pedagogo creador de la escuela moderna.

No se le comenzaría a conocer como Teatre Borràs hasta 1943, al día siguiente de que la compañía de Lina Santamaría y Juan Beringola rindiera homenaje al actor Enrique Borrás después de una representación de El alcalde de Zalamea en la que él participaba.

Y con este nombre ha llegado hasta nuestros días, convirtiéndose en teatro de comedia en 1995 y acogiendo a comediantes de la talla de Rosa María Sardà o Fernando Guillén.

El Saltador

El Noi dels Càntirs sería una solitaria escultura dentro de los 18.000 m2 de Urquinaona si, desde 2023 no le acompañara el Saltador, la contemporánea escultura que encontramos a los pies de la desdichada torre.

El Saltador es una iniciativa privada de la organizadora de eventos The 19th Hole BCN donde la empresa posee sus tres últimas plantas. Una obra del escultor Jordi Díez González en el que se representa a un nadador zambulléndose en plena cuadrícula del Eixample, como si saltara de lo alto de uno de los primeros rascacielos barceloneses que tanto revolucionó su primigenio skyline.

Esta escultura no solo sirve para dignificar una plaza tan maltratada como Urquinaona, sino que también es un homenaje, en palabras de su propio autor, a quienes se meten de cabeza en las realidades de la ciudad, que pasan por una diversidad como la que representa el británico Tom Daley, campeón olímpico y popular activista LGTBIQA+ que sirve de inspiración para las formas de la escultura.

La plaza de Urquinaona a día de hoy

La plaza de Urquinaona a día de hoy es una estación de metro más que el espacio de encuentro que fue desde sus inicios. Uno de esos «no lugares» del que nos habla la corriente posmodernista. Una plaza que no solo grita «reforma», sino también reconocimiento: el de las historias y el patrimonio que este artículo, en forma de homenaje, en forma de denuncia, ha pretendido reivindicar.

A diferencia de otros grandes dolores de cabeza que la ciudad ha tenido con el espacio público en forma de plaza (Lesseps, Cataluña, Glòries, Països Catalans) que se les convierte en no lugares y del que solo Glòries, parece escapar, a la Plaza de Urquinaona solo se le ha metido mano para desprovistarla, para quitarle lo que era suyo: unos tranvías, unos baños, un templete modernista… pero nunca para adecentarla o ayudarla a que sea un lugar de encuentro y no de paso.

La plaza de Urquinaona adolece de los mismos problemas que Lesseps y Cataluña: cuenta con un rico patrimonio que nadie es capaz de unificar, de hacer que sus edificios racionalistas dialoguen con las pinceladas de modernismo que posee. Que el niño del cántaro pueda dar de beber a quienes se quieran sentar a su alrededor y no solo a los que esperan el autobús H12. Que los plataneros no den sombra solo al tráfico rodado.

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