Para la segunda de las colaboraciones que Becinadas realizó para la cadena de hamburgueserías barcelonesa Timesburg, la historia gira alrededor del local que tienen en la muy de Horta Plaça Eivissa. Por ello, el relato correspondiente al Timesburg Horta no podía hablar de otra cosa que no fuera sobre las lavanderas del carrer Aiguafreda.

Timesburg Horta: las lavanderas de la calle Aiguafreda
Soy Laia y lavo en Aiguafreda.
Sin gloria ni honra, pero con poder.
Cada lunes hacemos brillar
lo que otros ensucian con su indiferencia.
Uno de estos burgueses un día nos insultó.
Lo vetamos. Que su olor hable por él.
Como nadie hace tratos con quien huele a fracaso,
su mujer, Isabel, hace de reemplazo.
Humilde y menos altiva,
no teme al frotar, ni a nuestros cantos.
Espera, escucha e incluso ríe.
El veto cae, pero ella sigue viniendo.
Por gratitud. Por gozo.
Porque bajo las aguas de Horta,
también lavamos almas.

Cuando se planteó este segundo relato sobre el Timesburg Horta (Plaça d’Eivissa, 11), la referencia estaba bastante clara: una historia que vinculara la principal idiosincrasia mediante la cual creció el ahora distrito durante el s. XIX, cuando Horta era una de las villas del plano más prósperas gracias a su riqueza en base a las aguas que bajaban por allí desde los torrentes del Collserola.
Unas aguas que, al provenir de la montaña, bajaban mucho más puras y limpias que las que llegaban a la ciudad de Barcelona, ya contaminadas por los desechos, la cal y los residuos de las industrias que usaban las rieras como fuerza motora y también como desagüe.
Esta pureza de las aguas de Horta sirvió para que, en torno a estos torrentes, se creara una industria basada en la limpieza de prendas. Los burgueses que comenzaban a conquistar el nuevo barrio creado para ellos (l’Eixample) gastaban en caros ropajes que sus criadas no eran capaces de sacar lustre tras su uso por un sistema de aguas deficiente. Por ello, era necesidad contar con quienes pudieran asegurar un uso continuado de la ropa mediante una limpieza adecuada.
Esa limpieza adecuada solo era posible en aquellos tiempos con el agua de Horta y con una dedicación y profesionalización, la de las lavanderas, afanadas en sacar lustre y frotar con la delicadeza adecuada para no dañar las telas. Los lavaderos de Horta fueron el principal sustento durante el s.XIX y bien entrado el XX, y el del carrer Aiguafreda, el más emblemático que aún a día de hoy conservamos.
La popularidad de las lavanderas de Horta era tal, que no solo ellas se ganaban la vida con esta profesión, sino que alrededor de ellas se montó un sistema en el que los porteadores y recaderos también formaban parte del engranaje: cada lunes, bajaban en torno a lo que hoy sería la plaza Urquinaona para recoger las enormes sacas de ropa que allí depositaban los burgueses de l’Eixample.
Estas sacas se transportaban, clasificaban y repartían ya en los límites de Horta, en torno a lo que hoy sería la plaza Maragall. Allí, desde los carros se asignaba a cada familia la mercancía que debían lavar y devolver a este mismo punto la mañana del miércoles, lista para que los burgueses pudieran lucirla en las fiestas que organizaban los fines de semana.
Aunque la tarea nos pueda parecer ardua, no solo era el sustento de familias enteras, sino también una forma de vida que definía al barrio, convirtiéndose los lavaderos y, en especial el del carrer Aiguafreda por tamaño y situación, en auténticos espacios de vida social en el que no solo se trabajaba, sino donde también se cantaba, celebraba y conversaba.
Es todo ese bullicio y cultura en torno a las lavanderas de Horta lo que inspiró el poema impreso, cuyo microrrelato original profundizaba aún más en este carácter hortense:

Las lavanderas del carrer Aiguafreda:
¡Hola! Me llamo Laia y soy lavandera. Ya sé que mi trabajo puede no sonarte importante, pero lo es como para hacer temblar un imperio… y así lo demostré en pleno siglo XIX.
Como tantas mujeres de mi entorno, cada lunes nos hacíamos cargo de los ropajes sucios que nos traían puntualmente los recaderos desde l’Eixample. Elegantes prendas que dejábamos impolutas para que tornaran los viernes a sus burguesas casas… hasta que de una de ellas escuché que suerte la suya de no tener que frotar la suciedad ajena.
Se trataba del señor Ferrer, un indiano que no es que mostrara indiferencia o incluso condescendencia, sino que directamente se dirigía a nosotras con repulsión. Aún a riesgo de comprometer nuestro trabajo, nos pusimos todas de acuerdo para no recepcionar más las vestimentas de la casa Ferrer.
Al principio su reacción fue de ira, pero al poco fue de súplica… ¿quién iba a querer hacer negocios con alguien a quien el fango le llegaba hasta los calzones? Por mucho que su pobre mujer, frotara con el agua que pasaba por el Eixample, era tanta la cal y suciedad que portaba, que no hacía más que estropear aún más las delicadas telas importadas de Francia.
Él nunca se atrevió, pero sí su esposa mucho más grata e inteligente que no dudó a venir ella misma al carrer Aiguafreda para hacer el trabajo que su necio marido se negaba a hacer o reconocer. La falta de presencia y el olor que desprendía el señor Ferrer le impedía seguir con sus tratos y las deudas comenzaban a hacerle mella.
Al principio, tímidamente se arrinconaba a la espera de que quedara un hueco libre donde lavar, pero gracias a su empatía y saber escuchar, poco a poco se hizo una más disfrutando de las anécdotas, de los cantes y otras actividades que en torno al lavadero acontecían.
El veto estaba ya levantado, pero Isabel seguía viniendo a Horta cada lunes: mitad por gratitud, mitad por diversión. Ahora que conoces mi historia, no dudes en agradecer quien te dio esta servilleta para que luzcas limpio tras este banquete, o mejor aún, ofrécela a quien quieres que se sienta un poquito mejor con el simple gesto de limpiarse bien fuerte los morros.

