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Edificios sorprendentes de Barcelona

Edificios curiosos de Barcelona clásicos

Con solo poner un poco de interés, resulta fácil saber qué quiso representar Gaudí en la fachada de la Casa Batlló, pero Barcelona está llena de edificios curiosos en los que prestando una mínima atención, podemos obtener muchísima información de sus dueños. Acompañadnos por los 5 edificios curiosos de Barcelona centenarios.

Tras un repaso a los edificios curiosos de Barcelona contemporáneos que, para bien o para mal, llaman la atención encontrarse de golpe por la ciudad por su extraña fisionomía respecto a su entorno, ahora es el turno de los edificios centenarios: edificios curiosos de Barcelona cuyas fachadas clásicas puede que no nos alerten de los pequeños detalles que esconden, pero que con solo fijarnos un poco en ellos, descubriremos información de incluso qué vida llevaban los dueños.

5 edificios curiosos de Barcelona cuyas fachadas «hablan»

Can Dimoni

Estamos acostumbrados a ver casas consagradas a divinidades, vírgenes, seres mitológicos… pero, ¿qué lleva al dueño de una edificación a dedicarla al propio diablo?

La Casa Agustí Atzeries, situada en el carrer de José Torres 20, -en pleno corazón de la Gràcia gitana que nos legó a Peret, el Pescailla o al Gato López entre otros-, es una elegante edificación de estilo ecléctico, el propio de finales del s. XIX en el que los que hacían fortuna con sus negocios, se afanaban por demostrar su opulencia decorando con todo tipo de detalles sus fachadas.

¿Incluyen esos detalles murales representativos de Belcebú, esculturas diabólicas y pomos con la cabeza de Satán? En la Casa Agustí Atzeries sí, de ahí su denominación como Can Dimoni o la Casa del Diablo.

¿Y a qué se debe esta fascinación del señor Atzeries por el demonio? A que, según la leyenda, debido a una maldición gitana, el empresario se arruinó en 1892, con la casa a medio terminar. Situación que le perturbó hasta el punto de querer llegar a un pacto con el diablo: si conseguía terminar la vivienda, la consagraría al mismísimo demonio.

Dicho y hecho: al poco, a Atzeries le tocó la loteria, pudiendo con el dinero del premio acabarla. Agradecido, no dudó en combinar los acabados barrocos y neoclásicos con nada disimulados guiños a Satán, como resultan las cuatro representaciones que decoran la galería exterior de la primera planta, pero también esculturas mefistofélicas en las molduras y en otros detalles del edificio.

Pese a lo obvio de las representaciones, las prisas y la poca capacidad que tenemos para pararnos en los pequeños detalles que nos rodean, han hecho que los demonios de la Casa Agustí Atzeries hayan pasado desapercibido durante décadas incluso a los vecinos de Gràcia… o más bien que, en el caso de las pinturas, éstas fueran ocultas bajo una capa de estuco tras la Guerra Civil.

La moral católica preponderante durante la dictadura, provocó que o bien las propias autoridades, o por iniciativa de los dueños del inmueble, se decidiera esconder el pasado demoniaco de la casa. No ha sido hasta una reciente reforma de 2018 para reconvertirla en viviendas de lujo, cuando las restauradoras repararon en estos satánicos detalles.

Desde entonces, la presencia del diablo en el barrio más que con estupor, ha sido celebrada por los vecinos de Gràcia como parte de su idiosincrasia, convirtiendo a uno de los diablos de la colla local en el «dimoni Atzeries».

Casa dels Cargols

De la misma época (1895) es la siguiente casa con fachada «chivata» sobre la vida de sus dueños. La Casa dels Cargols se sitúa en pleno Paral·lel, en el chaflán formado entre la calle Tamarit y Entença. Una fachada que desde la lejanía nada nos dice más que su estilo modernista. Un edificio más de tantos que bajo esta corriente se suscriben en el Eixample.

Sin embargo, con la mirada curiosa de un «voyeur urbano», podemos encontrarnos con un singular detalle: toda la fachada está plagada de caracoles. Caracoles en las ménsulas de los balcones, en las barandillas, en los frisos… Son una plaga.

La razón de este ostentoso homenaje a los gasterópodos tiene su razón de ser nuevamente en un «agradecimiento» a la naturaleza de la casa. Cuenta la leyenda que, cuando este rincón de Sant Antoni no era más que una vasta extensión de campo que se unía con la ladera de Montjuïc, aquí vivían en una humilde casa rural una pareja de ancianos. Viejitos de vida modesta, trabajadora, que tenían como afición y como sustento, recoger los caracoles y setas que por aquí abundaban.

Un buen día, esta entrañable pareja se introdujeron en una pequeña cavidad entre las rocas en busca de sus tesoros gastronómicos, y lo que encontraron fue uno real: una olla plena de monedas de oro.

Con esta fortuna de golpe en su haber, decidieron convertir su humilde casa pallaresa en dos edificios con los que asegurarse un buen porvenir y, en agradecimiento a cómo fue posible la construcción, decorarla «de gom a gom» con caracoles.

Como último detalle en el que reparar, justo a la altura del ático preside el noble edificio un bajorrelieve en cerámica que representa la boca de una gruta de la que sacan la cabeza un hombre y una mujer: exactamente como la leyenda cuenta que la pareja de ancianos encontraron el tesoro.

Casa Víctor Blajot

Ojo con lo que nos encontramos en pleno Passeig de Gràcia. En su cruce derecho con el carrer de la Diputació nos espera, -en un edificio de los que podríamos clasificar como «sin más»: no porque sea simplote, sino porque no es de los recargados, ni de un modernismo exuberante como el de sus vecinos de la manzana de la discordia-, toda una lección de historia de la humanidad en apenas 15 metros.

Esos metros son los que miden el friso de la Casa Víctor Blajot. Alzada por el prestigioso valenciano Rafael Guastavino: el revolucionario arquitecto que perfeccionó la Escola Industrial y que es comúnmente citado como el más famoso arquitecto de los EEUU del s. XIX, esta casa aglutina sus mayores detalles en los acabados escultóricos que separan los bajos de la primera planta.

En este humilde espacio, el escultor Rosend Nobas Ballbé (a quien le debemos, entre otras esculturas, la de Rafael Casanovas a la que se le rinde tributo cada 11S) volcó toda su pericia en detallar la historia de la humanidad: desde la prehistoria con los inicios de la agricultura, hasta otros grandes logros como el dominio del fuego, la construcción, el uso de la cerámica, escritura, el vidrio, la sastrería, la imprenta, arquitectura, la revolución industrial o, finalmente el uso de la fotografía y la maquinaria a vapor: logros alcanzados en la misma época que la construcción del edificio.

Tal como le ocurriera a Can Dimoni, este «tesoro escondido» permaneció deliberadamente oculto a los ojos del paseante hasta hace bien poco, cuando en la década de los 80, durante la reforma del escaparate de la prestigiosa sastrería Gales, quedó al descubierto al retirarse la marquesina que anunciaba el negocio.

Casa Sayrach

En la privilegiada situación que supone la esquina de Enric Granados con la Diagonal, el paseante se encuentra con una construcción que, al contrario de los edificios curiosos de Barcelona hasta ahora vistos, llama potentemente la atención hasta el punto de poderlo atribuirlo al propio Gaudí.

Allí se encuentra la Casa Sayrach, una opulente edificación que tímidamente se asemeja a la Pedrera por sus ondulantes formas y por ese especial aspecto de «derretimiento» que le valió incluso el apodo de «casa de la nata». Estas semblanzas se deben a que su autor, Manuel Sayrach, no reparó en los vicios del modernismo llevado a cabo por Gaudí, pese a construirse en un, ya tardío para el movimiento, 1918.

¿Y qué detalles «desapercibidos» podemos apreciar en esta llamativa casa? Para descubrirlos debemos hacer una visita a su vestíbulo, donde, entre otras decoraciones que evocan a todo lo mediterráneo, encontramos una espectacular moldura en el techo que simboliza los huesos de una ballena. De ahí a que la «Casa de la Nata», también sea conocida como «la Casa dels Ossos» (casa de los huesos).

La Sayrach tiene su continuación en la vecina «Casa Montserrat», que el propio arquitecto levantó en honor a su mujer, Montserrat Fatjó, un par de años después, en 1924. Ya en un estilo menos modernista y más ecléctico, recordando más bien a las casas neoclásicas de aire parisino.

No obstante, la Casa Montserrat (que, como su vecina, no se libró de su propio apodo, en este caso la «Casa del Cordón» por el ribete que la enmarca durante toda la fachada), también tiene sus detalles más destacados en su vestíbulo, donde si la Sayrach rendía homenaje con los huesos de ballena, redes de pescar, medusas y otros animales marinos, al ambiente mediterráneo, la Casa Montserrat hacía lo propio con la serralada catalana, repleta de árboles, rayos solares y perfiles que recuerdan a los de «la montaña mágica».

Casa Josep Sabadell

A la Casa Josep Sabadell le va como anillo al dedo aquello que, a la hora de la vestimenta, se denomina como «arreglado pero informal».

Revestida de un sencillo encalado blanco, en él destacan repartidos no sin demasiada profusión, todos los elementos que caracterizan al ostentoso modernismo: arcos, esgrafiados, molduras curvas, elementos cerámicos, trencadís… pero tan bien distribuidas como para que no resulten recargadas.

Esta vivienda, propiedad del que fuera el último gobernador de Gràcia antes de perder su independencia y, a la postre, el promotor del maldito casino de la Rabassada, no resulta tan llamativa no por su belleza, sino por su situación: la avinguda Meridiana, allí donde acaba la Barcelona exuberante para comenzar la de los habitantes que la mantienen como tal.

¿Y en qué debemos reparar de su fachada para destacarla como uno de los edificios curiosos de Barcelona clásicos? En que su disimulado modernismo tardío esconde toda una apología a la identidad catalana.

En su tan solo tres plantas, -cada una de ellas decorada de forma totalmente diferente-, encontramos un greatest hits de la historia catalana: no falta Sant Jordi, Sant Jaume y la Mare de Déu de Montserrat asomando desde la tribuna de la segunda planta, a la que les acompaña la cruz de Sant Andreu, los escudos de la ciudad y de Cataluña y otros tantos detalles que, sin ser Sabadell un Cambó o Prat de la Riba, ensalza como nadie lo que representa ser catalán.

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