Hoy es un barrio tranquilo más allá de la efervescencia constante de las calles de Nou Barris, pero el Turó de la Peira tuvo especial protagonismo a escala mundial la madrugada del 11 de noviembre de 1990, cuando un edificio del carrer Cadí colapsaba por completo.
Este derrumbe evidenció lo que desde hace décadas se sabía en Barcelona: los edificios de los barrios desarrollistas de la ciudad se habían construido deficitariamente con la complicidad de administraciones y promotoras. Se iniciaba así, de la peor forma posible, la restitución de miles y miles de viviendas afectadas no solo por el mal uso de material constructivo, sino también por la sed de unas empresas inmobiliarias que no dudaron en enriquecerse a costa del empobrecimiento de para quienes construían.
El Turó de la Peira: uno más entre los barrios desarrollistas
Esta zona de Nou Barris inició su urbanización en unos terrenos de cultivo alrededor de la colina que le da nombre en 1958. Estas zonas escarpadas y alejadas de todo encanto monumental, eran las predilectas para las administraciones barcelonesas que se veían necesitadas de amplios terrenos para construir a toda prisa «la Gran Barcelona»: aquella destinada a acoger a miles de migrantes provenientes sobre todo del sur del país.
Por tanto, por fecha y por idiosincrasia, el Turó de la Peira es de pleno uno de los numerosos barrios de Barcelona que mayoritariamente se pueden identificar como desarrollistas: creados o modificados con la intención de dar vivienda a la masa obrera en la etapa de 1953 a 1974.
Este sentido constructivo puede sonar loable y necesario en un momento histórico en el que la población de Barcelona (1950) se estimaba en torno a los 1.280.197 habitantes, tan solo 273.141 menos que la capital, Madrid (1.553.338), y más del doble que Valencia (509.075), y aun así se preparaba para la llegada de en torno a 500.000 migrantes, que acudían con la promesa de crecer económicamente.
Pero la realidad es que esta construcción masiva dio lugar a barrios y polígonos de vivienda enteros sin apenas planificación urbanística y, construidos a una velocidad, que potenciaba las deficiencias de bloques a los que apenas se les había destinado medios.
Así, la etapa del Desarrollismo, se caracterizó ampliamente por un crecimiento salvaje, sin medios económicos y sin intención alguna de dotar a estos espacios de servicios básicos, cambiando por completo el perfil de una ciudad que tenía en sus periferias campos de cultivo y recreo que se fueron llenando de cemento y hormigón.
Este caldo de cultivo en el que administraciones miraban hacia el otro lado ante prácticas constructivas desleales (siempre que éstas cubrieran la necesidad rápida de vivienda), fue el propicio para el uso sin control del cemento aluminoso: un material prohibido en países como Francia desde décadas anteriores pero que aquí proliferaba por su rápida acción.

La aluminosis: el mal endémico de los barrios desarrollistas
La aluminosis es una patología que sucede cuando el hormigón utilizado pierde sus propiedades de estabilidad y firmeza transformándose en poroso, posibilitando con ello que el agua acceda al interior de las construcciones causando óxido y corrosión en el acero utilizado para la estructura del edificio.
Este deterioro es provocado por el cemento aluminoso: un material que al momento en el que se comenzaban las construcciones desarrollistas, se presentó como una alternativa barata y eficaz al hormigón clásico, ya que, a pesar de resultar algo más caro que el tradicional cemento portland, encofraba en tan solo 24 horas, frente a los 28 días del clásico.
Esta velocidad se convirtió en una característica muy apreciada por las constructoras afines a la dictadura, que buscaban atender a la alta demanda existente al menor coste posible, consiguiendo así contratos para la construcción de barrios enteros como el que se facilitó a la constructora de Román Sanahuja Bosch y a la cementera Molins, para construir las viviendas que conformarían el barrio del Turó de la Peira.
Pese a las deficiencias que ya de inicio, presentaban las construcciones desarrollistas (y pese a que el cemento aluminoso ya había dado problemas en Francia, donde estaba prohibido su uso desde 1943), al ser el deterioro progresivo y no inmediato, siguió usándose sin control hasta su mínima regularización en 1968 y su total prohibición cuando comenzaron los planes regenerativos ya en Democracia, que contemplaron la mejora de años y años de maltrato administrativo y social de estos barrios.

11 de noviembre de 1990: la noche que sacó a la luz décadas de vergüenzas
Desconchones, aislamiento deficitario, filtraciones, desprendimientos… que los barrios desarrollistas estaban mal construidos era algo que bien sabían sus vecinos desde el momento en el que se les entregaban las llaves, y así, mediante asociaciones vecinales y protestas, lo hacían saber a las administraciones que preferían hacer oídos sordos.
Pero esos oídos acabaron reventando del estruendo que produjo el derrumbe del edificio del número 33 del carrer Cadí aquella madrugada de 1990. En plena Barcelona preolímpica, donde se sucedían las macroconstrucciones que enseñarían lo modernos que somos, un edificio de un barrio escondido sacaba nuestras vergüenzas al aire.
Estas vergüenzas causa de años y años de especulación, corrupción y miradas hacia otro lado, tuvieron una mártir: Ana Rubio, de 55 años y a quien el derrumbe le pilló con falta de vigilia. Su fallecimiento sirvió tristemente para que las cámaras de medio mundo dejaran de enfocar a Montjuïc y el frente marítimo, para dirigirlas hacia el Turó de la Peira.
El derrumbe del edificio del Turó de la Peira desveló una crisis que, según estudios posteriores de la Generalitat, afectaba a 13.000 edificios: el 53% de los construidos en Cataluña entre 1950 y 1970
El Turó de la Peira, como otros tantos barrios desarrollistas, ha padecido históricamente muchos problemas de falta de servicios básicos, pero el estigma de ser el barrio que no solo enseñó al resto qué era la aluminosis, sino también las prácticas llevadas a cabo por las constructoras afines al franquismo, ha sido la bandera que han tomado como lucha sus vecinos a partir de aquella fatídica noche de 1990.

Cementos Molins y los Sanahuja: culpables en mayúsculas sin condena
Pese a que por todos era conocido las prácticas desleales que realizaban las constructoras a la hora de crear viviendas durante el Desarrollismo, la complicidad del franquismo entre sus aliados promotores y la involucración de grandes nombres y familias adineradas, propició que jamás se investigaran estas prácticas ni llegada la Democracia… hasta que el derrumbe del edificio del carrer Cadí y el fallecimiento de Ana Rubio exigía que se depuraran responsabilidades.
Responsabilidades que en primer término tuvieron que asumir los propios vecinos del Turó de la Peira, que desde que cayera el edificio hasta 2005 que comenzaron los primeros realojos, se vieron obligados a vivir con sus viviendas apuntaladas y asumiendo parte del coste de las reformas que aseguraran mínimamente su habitabilidad.
Pese a que inicialmente, cuando comenzaron los juicios en 1991 se señaló a la familia Sanahuja y a la empresa Cementos Molins como culpables en primer término, la causa fue sobreseída en 1993, al haber pasado décadas desde la construcción y no hacerse valer las constantes reclamaciones de los vecinos durante todo este periodo.
Estos mismos vecinos, según el libro «Vidas apuntaladas. 25 años de aluminosis en el Turó de la Peira», -obra de la periodista Laura de Andrés Creus-, identificaban al patriarca de los Sanahuja, -Román Sanahuja Bosch-, como un «abusador» que, ante las numerosas protestas y demandas de arreglos, emitía desorbitadas facturas por ello.
Éste, durante el juicio, asumió el deber «moral», pero no el económico por la necesaria rehabilitación de todo lo deficitariamente construido. Es más, al poseer en propiedad numerosas viviendas en el Turó de la Peira, él mismo se presentó como víctima de sus propias prácticas y, en una carambola administrativa aún más hiriente para los vecinos que la falta de condenas, pudo percibir más ayudas para la rehabilitación que ningún otro vecino del Turó de la Peira.
En cuanto a los dueños de Cementos Molins, uno de sus herederos, Joaquim Molins Amat, era consejero de Política Territorial y Obras Públicas por parte de CiU en el gobierno de Jordi Pujol de 1988 a 1993, es decir, al momento de iniciarse los juicios, posición que le facilitó una absolución únicamente sostenida en lo tardío de los juicios frente a la materialización de los hechos.
Ambas empresas, tanto la promotora Sanahuja, como la constructora Molins, han continuado plenamente su actividad sin ningún tipo de freno o mancha en sus expedientes por ser culpables directos de décadas de empobrecimiento de las periferias barcelonesas. Los Sanahuja se hicieron «de oro» con la construcción de la Barcelona olímpica y recientemente están plenamente involucrados en el proyecto de Finestrelles y Porta Diagonal; y Cementos Molins ha continuado cotizando en la Bolsa de Barcelona sin ningún impacto en su accionariado y facturando en torno a los 1.000 millones de euros gracias a sus negocios internacionales.

El Turó de la Peira a día de hoy
El colapso del edificio del carrer Cadí supuso el punto de inflexión necesario para que, absolutamente cerca de las 5.000 viviendas construidas por los Sanahuja y Cementos Molins, y que conformaron la totalidad del barrio al momento de su construcción en 1958, se rehabilitaran, se afianzaran sus cimientos o, directamente los más afectados, se demolieran por completo.
Aprovechando esta remodelación integral del barrio, también se solventaron parte de otro de los problemas que el desarrollismo en Barcelona sumó a estos barrios: la alta densidad urbanística y la falta de espacios públicos.
De hecho, las políticas de urbanismo salvaje llevadas a cabo en aquellas décadas supuso que incluso el parque del Turó, creado como uno de los primeros parques públicos en 1936, perdiera gran parte de su falta con edificaciones anodinas y de mala calidad.
Por ello, desde 1991 hasta 2015, el barrio entero se fue renovando abriendo calles y cambiando su fisionomía de núcleo ruinoso, a habitable, tal como debió ser desde la década de los 60. Renovación que culminó con un Pla de Barris desplegado desde ese mismo año con la rehabilitación del parc del Turó de la Peira como eje central y mejora de sus accesos y calles colindantes.

Qué ver en el Turó de la Peira
Todas estas intervenciones regenerativas no es que hayan convertido el Turó de la Peira en un Sant Antoni, pero sí que han hecho más amable un entorno que cuenta con una de las siete cimas de la ciudad, a 133 metros de altura, así como, por caprichos administrativos, la iglesia fundacional del barrio colindante: Vilapicina.
Parc del Turó de la Peira
Constituido como parque en 1936, a pocos meses de comenzar la Guerra Civil, el parc del Turó de la Peira es el máximo atractivo y orgullo del barrio.
Originariamente sus terrenos pertenecían a la finca de Can Peguera, que da nombre al barrio de cases barates colindante, pero dado que la proyección del barrio en 1958 contemplaba la urbanización de estos espacios, finalmente ha quedado como símbolo del barrio al que da nombre.
Lo más destacable del parc del Turó de la Peira es la cruz que lo corona en su punto más alto, que sirve de mirador. Una cruz no exenta de polémica al ser considerada un símbolo franquista y, con ello, merecedora de ser retirada en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica.
No obstante, sus caminos zigzagueantes hasta la cima, rodeados de abundante pinar mediterráneo, convierten la renaturalización de la colina su mejor atractivo.


Iglesia de Santa Eulàlia de Vilapicina
La demarcación administrativa oficial de los 73 barrios de Barcelona de 2006 trajo varias polémicas locales y curiosidades como la que aquí ocupa: que la iglesia que supuso la creación del barrio de Vilapicina i la Torre Llobeta no quedara del lado de éste, sino del del Turó de la Peira, por culpa del passeig de Fabra i Puig que actúa de frontera.
Así, la pequeña iglesia de orígenes románicos sobre la que se levantó la actualmente neoclásica, es parte del patrimonio histórico del Turó de la Peira de pleno derecho en la actualidad, que se puede ver medianamente justificado al ser uno de sus legítimos dueños los señores de Can Basté, que la mandaron construir junto a los dueños de otras masías como Can Solá o Can Verdaguer.
Destaca no solo por su estético estilo arquitectónico, sino también por formar un conjunto «de otra época» resaltado por una fuente también del s. XVIII y la masía de Can Basté, a la que se une mediante un pequeño puente. Todo ello en alto contraste con su entorno plenamente desarrollista.
Can Basté
Adyacente a la iglesia de Vilapicina encontramos un vistoso centro cívico especializado en fotografía, que ocupa el edificio señorial del s.XVII que servía de masía a los dueños de estas tierras.
Can Basté destaca por sus esgrafiados, realizados en las mismas fechas que la adecuación neoclásica de la iglesia de Vilapicina, que realzan un edificio que pasó de torre medieval a masía de terratenientes de viñedos y telares en épocas en los que estos terrenos pertenecían de pleno a la villa de Sant Andreu.
El nombre se lo debemos no a uno de estos terratenientes, sino al administrador de la finca. Conocido anteriormente como Can Nadal por ser propiedad del indiano Antoni Nadal, curiosamente se acabó apodando Can Basté por ser el masover (aparcero o administrador de masías) Pau Basté quien la habitaba.
Ca n’Artés
Es el tercero de los edificios que remata el conjunto histórico de la iglesia de Vilapicina y el que mejor ha conservado su aspecto original datado del s.X-XI (aunque con modificaciones para su uso como hostal en torno al s.XV).
Su adecuación como espacio para acoger a quienes se movían por el plano de Barcelona, responde a la tradición de situar los hostales a las entradas de las poblaciones o en los cruces de caminos. Este en concreto, se encontraba en el cruce de la vía que unía Sant Andreu con Horta.
Edificio del carrer Cadí 33
De monumental no tiene nada, de reseñable todo. Este anodino edificio característico del desarrollismo más práctico, -aquel que únicamente pretendía dar vivienda de cualquier forma-, es el que sustituye al derrumbado aquella noche del 11 de noviembre de 1990, por lo que resulta un interesante ejercicio de memoria histórica reciente, pararnos frente a su fachada y recordar desde a la fallecida Ana Rubio, como a todos aquellos que permitieron que aquello sucediera y cuyos descendientes siguen hoy posando para la foto de rimbombantes inauguraciones de edificios presumiblemente mucho mejor construidos.
Casa del Rellotge de Sol
En la frontera con el barrio de Porta, en la esquina del carrer del doctor Pi i Molist con el pasaje homónimo, encontramos lo que pudo ser y no fue: una casa de bajo, planta y terraza en estilo novecentista, acorde a las construcciones aisladas que se fueron dando en la zona en el momento en el que el terreno iba dejando de ser exclusivamente de cultivo y se comenzaba a urbanizar antes de la explosión del Desarrollismo.
La Casa del Rellotge de Sol se manifiesta así como un paréntesis dentro del exceso desarrollista del Turó de la Peira, donde, efectivamente, lo más llamativo es su reloj solar, rematado con la inscripción «El Cel és ma Regla» (el cielo es mi regla).
Mercat de la Mercè
Y de la excepción a la norma. El Mercat de la Mercè recoge los preceptos arquitectónicos y constructivos de los equipamientos municipales típicos del Desarrollismo.
Fechado en 1961, el edificio está realizado en hormigón y ladrillo visto, sin más decoración que las imaginativas formas abovedadas de sus techos. Testimonio de una etapa en la que la arquitectura se las tenía que ingeniar para destacar con pocos medios.
Reforestando y la flora silvestre
Es de lo más recientemente reseñable como visitable dentro del patrimonio del Turó de la Peira y representativo de las acciones regenerativas que se van sucediendo en los barrios puramente desarrollistas.
Se trata de un mural dentro del proyecto desplegado a finales de 2025 denominado «Nou Sentit Urbá«, donde se usa el arte urbano para dignificar espacios anteriormente degradados.
En este caso, la obra creada por la artista Doaoa sirve para que unas grises escaleras que se sitúan en uno de los taludes que dan acceso al parc del Turó de la Peira, se conviertan en una reivindicativa y luminosa obra artística que plasma la diversidad de la flora de Nou Barris, mostrando pinturas de especies como la Silene sennenii, la borraja, la malva silvestre y la Diplotaxis erucoides, presentes en las áreas naturalizadas del distrito.
El trabajo de Doaoa gana en simbolismo al integrarse en un espacio “agresivo” dentro de la trama urbana: el cruce del paseo con la plaza de Castelao, el passeig de Fabra i Puig y el carrer Tajo, donde a diario pasan miles de coches y donde el Desarrollismo apenas dejó lugar a la tranquilidad. Es así como la artista española, especializada en murales florales, integra con su “reforestación” un elemento estructural en la cultura propia del barrio.

Obras como «Renaturalizando» y proyectos como Nou Sentit Urbà ponen en manifiesto algo más que lo que el edificio del carrer Cadí 33 nos desveló: los barrios obreros, las periferias, pueden ser más que un conjunto de bloques desordenados, que allí existe una cultura propia que se puede (y debe) reivindicar, aunque ésta (por suerte) no atraiga a los 4 millones de turistas de la Sagrada Familia.

