«De aquellos fangos, estos lodos». Esta frase, junto a la no menos cierta que «quienes olvidan su propia historia, están condenados a repetirla», retumban cuando vemos imágenes de exaltación de la dictadura y comportamientos anticonstitucionales en nuestras propias calles.
Aún asiendo siendo la ciudad conocida como la «Rosa de Fuego», no siempre fue capaz de limpiar de sus calles a asesinos y genocidas. Hubo un tiempo en el que auténticos nazis en Barcelona campaban a sus anchas, mezclándose con la burguesa sociedad local tras el desmantelamiento de la Alemania hitleriana.
Nazis en Barcelona que no solo encontraron aquí su refugio, sino que prosperaron y muchos de ellos fundaron comercios y espacios públicos que llegan hasta nuestros días. ¿Cómo llega la ciudad a convertirse en el escondite del fascismo?
El nuevo tablero geopolítico tras la II Guerra Mundial
La II Guerra Mundial culminaba en Europa el 8 de mayo de 1945 (oficialmente no acabaría a nivel global hasta la rendición de Japón el 2 de septiembre), momento en el que Alemania firmó su rendición incondicional tras el suicidio de Adolf Hitler (acontecido el 30 de abril de 1945).
A partir de ese momento comenzaba la instauración de la deseada paz, que se debía escenificar mediante los Juicios de Núremberg, donde no solo 24 dirigentes políticos, militares y económicos del Tercer Reich fueron debidamente juzgados, sino donde también se hizo patente a nivel mundial, el grado de sadismo con los que los nazis habían actuado durante los años del régimen en el que disfrutaron de total impunidad.
Conocedores del futuro que les esperaba en una Alemania lejos de su control, fueron muchos de ellos los que cogieron su pasaporte y huyeron hacia países con sistemas políticos más afines, como era el caso de los países sudamericanos.
Huidas que fueron posibles mediante una red colaboracionista de simpatizantes de las políticas nazis que, tal como ocurre cuando acaba una dictadura, no acaban de entender el por qué de la pérdida de poder.
Solo así, mediante el respaldo de ciudadanos que negaban su nueva realidad, auténticos genocidas como Adolf Eichmann, -arquitecto de la solución final-; Josef Mengele, -conocido como el «Ángel de la Muerte» de Auschwitz-; Klaus Barbie, -el «Carnicero de Lyon»-; o Walter Rauff, -creador de los camiones de gas-, pudieron escapar a Argentina, Chile o Bolivia.

El papel de España dentro de la red colaboracionista nazi
España jugó un papel menor dentro de esta red colaboradores con el régimen nazi para la huida de sus principales protagonistas. Al encontrarse activamente en busca y captura, vieron más seguro poner todo un océano de por medio y prosperar en países anticomunistas, antes que quedarse en un estado fascista si, pero cuya falsa neutralidad podía serles de beneficio o perjuicio según hacia dónde corrieran los vientos.
Franco, pese a sus conocidas tendencias más cercanas al nazismo que a las políticas aliadas, se salvó de la condena internacional gracias a una diplomacia en las que marcó grandes distancias con Hitler y Mussolini en un momento tan decisivo para la victoria aliada como los últimos años de la gran guerra.
Eso no quita que, al momento en el que nazis de segunda fila, -aquellos que no jugaron un papel fundamental en el régimen pero sí eran partidarios de sus políticas o formaban parte de su estructura-, eligieron nuestro país como refugio, también supiera mirar hacia otro lado atraído por las fortunas y negocios que depositaban consigo.
Estos nazis, al no componer la primera plana de los más buscados, veían más sencillo cruzar los Pirineos y buscar refugio en un país de su misma ideología, que buscar la manera de salir de Europa. Esta afinidad se hizo patente al momento en el que, aún en 1945, llegó a manos de Franco un listado de 11 folios redactado por los servicios de espionaje francés, inglés y norteamericano, en el cual solicitaban la repatriación y entrega de 104 nazis.
La solicitud fue ignorada y ninguno fue entregado a los aliados. Es más, siendo tan fácil de localizar por contar con nombre y apellidos, todos ellos recibieron la protección del estado español y, o bien facilidades para escapar, u oportunidades para prosperar.
Los nazis de renombre que cruzaron la frontera
Que fueran de segunda fila la gran mayoría de nazis refugiados en España, no quita que se colara algúno de los más deshumanizados. Muchos de ellos acabaron siendo nazis en Barcelona perfectamente integrados en su sociedad.
Es el caso de Hans Heinemann, que llegó a la Ciudad Condal en 1943. A Heinemann se le consideraba «uno de los más peligrosos agentes en España». A su mando tenía la organización que actuaba en Francia, Córcega y España aún con la Alemania Nazi en activo. Su colaboración durante esos años con la policía franquista para detener a opositores le valió esa protección posterior, llegando incluso a regentar el Club Bar Cádiz.
Karl Andress Moser es otro de los nombres de nazis en Barcelona una vez acabada la Guerra. Era conocido por ser uno de los dirigentes de los Laboratorios Merck. Estos laboratorios en Barcelona se convirtieron en un potente centro de reclutamiento y logística para la Abwehr (inteligencia nazi). Moser, además, usó su puesto de empleado nada casual en Aduanas Pujol Rubió para facilitar el tráfico de obras de arte robadas por el gobierno de Hitler.
Tal fue la impunidad de la que disfrutó Karl Andress Moser que, ya en 1949 fundó en Barcelona los laboratorios Lacer, aún en activo
La estadía de todos ellos en Barcelona y en otros puntos de nuestro país (torturadores como Rudolf von Merode o diplomáticos como Gottfried von Waldheim hacían de Figueres y Madrid su particular centro de operaciones respectivamente) fue posible no solo por la inacción del franquismo, sino también por la colaboración activa.
Mientras Franco vendía al extranjero su total neutralidad para evitar el ostracismo al que estaba condenada su dictadura, lo cierto es que sus operaciones secretas desvelaban una clara tendencia por favorecer a lo que quedaba del régimen nazi, ya sea mediante la no persecución, o directamente siendo clave para los «ratlines»: las vías de fuga facilitadas a los nazis para huir de la justicia.
Y no solo venían de la línea franquista el colaboracionismo con los nazis: el médico de ERC Josep Antoni Trabal, así como el policía de la Generalitat Benet Comas son dos de los altos cargos frecuentemente citados como facilitadores de la entrada de nazis en Barcelona.
Trabal fue uno de los fundadores de ERC y propulsor de la carrera popular Jean Bouin. En sus últimos años dio su apoyo a los franquistas Eduard Tarragona i Corbella y Manuel Fraga Iribarne, llegando a ser candidato de Alianza Popular
Estas políticas facilitaron que los nazis en Barcelona se contaran en torno a los 500 tras finalizar la IIGM, muchos de ellos ex agentes de la Gestapo, miembros de la Sieherheitsdienst (servicio de inteligencia de las SS) o con cargos consulares.
Lugares clave de los exiliados nazis en Barcelona
Lejos de permanecer en un segundo plano o escondidos, muchos de estos nazis en Barcelona se integraron a la perfección en la conservadora clase burguesa de la ciudad.
Este hecho propició que comercios y lugares de reunión de la Barcelona de posguerra se convirtieran en puntos neurálgicos del nazismo tras la II GM.
Uno de ellos era el citado Club Bar Cádiz (también conocido como bar La Jungla), que desde El Raval (calle Montserrat nº 10) disfrazaba de aires sureños su genuino carácter de centro de reuniones clandestinas para fascistas alemanes e italianos.
Pero para punto de reunión clave, el restaurante Otto Lutz, situado en la calle Mallorca número 196. Era propiedad de Hermann Otto Lutz, que llegó a Barcelona a finales de 1939 y, desde entonces, no había nazi en Barcelona que no acudiera a este lugar en busca de ayuda o asesoramiento.
Ayudas que en más de una ocasión provenía del Banco de Alemania, que por aquel entonces se encontraba en la propia plaza Catalunya y cuyas bodegas escondían el dinero nazi. Capital guardado y gestionado con la total confidencia de los catalanes a su cargo, que fueron clave para facilitar transferencias a Suiza o a Sudamérica y, con ellas, financiar a los fascistas exiliados.
Conviene destacar de forma contraria, a la Torre Marsans y a la casa del carrer Anglí 46, que trágicamente en 1946 se utilizaron como punto de acogida de 200 niños polacos fruto de uno de los experimentos nazis más deshumanizantes de los llevados a cabo, que ya es decir…
Estos niños procedían del campo de refugiados de Salzburgo: algunos separados de sus padres directamente; otros recluidos entre los trabajadores de las industrias alemanas; y otros tantos fruto del enfermizo proyecto Lebensborn (fuente de vida), consistente en granjas de procreación y educación nazi.
Con todos ellos se pretendía crear la superraza aria a través de una completa germanización que borraba a todos ellos sus raíces polacas y judías, sin saber siquiera cómo se perpetraba esta total pérdida de identidad, al destruirse tras perder la guerra todos los documentos que hacían mención al programa.
Una vez desmantelado este régimen del terror, la cónsul Wanda Tozer, -que ya tenía experiencia ayudando a refugiados durante la Guerra Cívil-, medió para que estos niños fueran acogidos en Barcelona, desde donde supo despertar la solidaridad de la ciudadanía y de la comunidad judía polonesa para cubrir las necesidades más básicas.

Otros lugares donde los nazis en Barcelona camparon a sus anchas
Con anterioridad a la finalización de la II GM, Barcelona se convirtió en escaparate para los seguidores de Hitler en más de una ocasión.
La clandestinidad que ofrecían el Otto Lutz o el Club Bar Cádiz contrastaba con la opulencia con la que se recibía a altos cargos del nazismo en el Ritz o las jornadas en las que desde los balcones del Liceu o desde la propia Universidad se colgaba la esvástica para recibir a los nazis.
De todas ellas, fue la más relevante la acontecida en octubre de 1940, cuando Heimrich Himmler visitó España invitado por el franquismo, desesperado por recibir ayuda alemana para la reconstrucción del país tras la fatídica Guerra Civil. Por su parte, los nazis esperaban que la presencia del segundo a cargo de Hitler ayudase a que Franco se implicase en la II Guerra Mundial junto a las demás potencias del Eje, además de servir este viaje para visitar Montserrat y hacerse con el cáliz de la Última Cena que, según los nazis, se ocultaba en sus montañas.
Una curiosidad sobre el estrambótico viaje que Himmler hizo a Barcelona es que le robaron la cartera en el Hotel Ritz. Aún se desconoce si este robo fue fruto de unos atrevidos rateros o de la inteligencia secreta

No obstante, volviendo a los años en los que los nazis en Barcelona tenían categoría de refugiados y no de invitados de honor, cabe citar el listado que, de forma exhaustiva, César Alcalá comparte en su libro Historia Desconocida de Barcelona, bajo el epígrafe «Alojamientos y lugares de reunión para agentes nazis en Barcelona»:
- Alojamiento para agentes clandestinos ubicado en la calle Balmes 183, cuarto quinta.
- La Sra. Juanita Aparicio alojaba personas en su piso de la calle Aribau 137, tercero segunda.
- La Sra. Rosita Bringrad alojaba personas en su piso de la calle Casanova 170.
- La Sra. Ferreiro alojaba personas en su piso de la calle Marqués de Barberá 25, primero primera.
- La Sra. Pilar Guerra alojaba personas en su piso de la calle Muntaner 83, cuarto tercera y otro en la calle Lincoln 2.
- La Sra. Elisa Sáenz alojaba personas en su piso de la calle Riera de Sant Miquel 11.
- El Sr. Friedrich Rueggeberg: alojaba personas en su piso de la calle Calaf, 5 o 8 y otro en la calle Vico 6.
- En la calle Córcega 170 había un centro para acoger a los agentes recién llegados.
- Bagensky & Boden, en la Plaza Lincoln número 52.
- American Bar en la calle Pelayo número 60.
- Bar Baleares.
- Bar la Jungla en la calle Montserrat número 10, en pleno Barrio Chino.
- Bar Club en la calle Rosellón 230.
- Bar Lugo en la calle Santa Madrona 28.
- Bar Tokio en la calle Consejo de Ciento 257.
- Joyería Bauer en la calle valencia 270 bis.
- Café Barcelona
- Café Hotel Miramar, en la montaña de Montjuic, que posteriormente fueron los estudios de RTVE en Cataluña y hoy vuelve a ser hotel.
- Café El Oro del Rhin en la Gran Vía de les Corts Catalanes 601, esquina Rambla Cataluña, en los bajos de la Casa Pía Batlló.
- Café Palacio, situado en las Ramblas.
- Café Sevilla, situado en la Gran Vía de les Corts Catalanes 624, delante del Oro del Rhin.
- Café Terminus, en la calle Aragón esquina con el Paseo de Gracia, que durante la guerra civil sirvió de cheka.
- Café Concert Viena, en el Paseo de Gracia 132.
- Café Zum Zillertal, en la calle Provenza 228.
- Casa Madurga en la calle Ausiàs March 14.
- Louis Demel en la calle Aribau 129.
- Escuela de Encriptación y Radiotransmisión, situada en la calle Consell de Cent 240, segundo segunda.
- Escuela de Morse y tintes invisibles, situada en la Avenida del Tibidabo 44-46.
- Café situado a 200 metros de la Estación de los Ferrocarriles de la Generalidad de Muntaner.
- Estación de los Ferrocarriles de la Generalidad de la Plaza Molina.
- Estación de los Ferrocarriles de la Generalidad de Sarrià.
- Hotel Majestic en el Paseo de Gracia 70.
- Hotel Avenida Palace en la Gran Vía de les corts Catalanes 605.
- Hotel Peninsular en la calle San Pablo 34-36.
- Hotel Ritz en la Gran Vía de les Corts Catalanes 668.
- Librería religiosa en la calle Avinyó s/n.
- Parador del Hidalgo en el Paseo de Gracia 68.
- Sede del Partido Nazi en Barcelona en la calle Aragón 275.
- Pensión familiar propiedad del Bar Tokio en la calle Consejo de Ciento 257.
- Restaurante Otto Lutz en la calle Mallorca 196.
- Restaurante Zimmermann en la calle Provenza 28.
- Torre Magdalena en la calle José Millán González 11.
- Torre Torse en el barrio de El Carmelo.
- Torre de Otto Heinz Busch en la calle Estanislao Rico, 1, primero.
- Villa Matilde en la calle Travessera de Dalt, 88.
Esta extensísima lista para tratarse de lugares donde se refugiaban a criminales de guerra, da buena fe de cómo el nazismo no acabó con la caída de Hitler, sino que continuó echando raíces mediante un silencioso legado que, por desgracia, aún retumba en nuestro día a día.

